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Viaje a Roma en ocho días 3 de Febrero del 2005

Escrito por SodLogan en: Viajes , comentarios cerrados

Hace dos lunes (21 de febrero) me levanté a las 5 de la mañana para prepararme para coger el avión para Roma, previa parada en Madrid: una cagada, una breve ducha (demasiado), recoger las cosas de las que te acuerdas en el último momento, y zumbando para el aeropuerto. Abandoné la ciudad del Senatus PopulusQue Romanus un lunes más tarde. En total hacen ocho días en los que ha pasado de todo… todo menos, por supuesto, haber mojado.

Nada más llegar al aeropuerto, empecé a echar un vistazo a las posibles presas. Desde el principio le eché el ojo a una, que también fue al viaje a Grecia del año pasado, donde conseguí apoyar mi cabeza en su culo, razón por la cual, de no haber estado bajo los efectos del alcohol con la excusa estandarizada que ello supone, me habría llevado un tortazo a buen seguro. Tras los trámites de equipajes y billetes, entramos en el avión, sin ninguna novedad digna de contar. Llegados a Roma, nos vimos asaltados por los carabinieri y sus pastores alemanes, que no tardaron en abalanzarse sobre uno, cuyo chaquetón y mochila debían apestar a todo tipo de drogas, aunque esta vez no llevaba nada.

El viaje, en cuanto al apartado cultural, se puede resumir en levantarse al alba, ducharse cuando había agua caliente (un lavaíto del gato en su defecto) y salir a patearse Roma, prestando más atención a los monumentos importados desde Sevilla que a los de piedra.

Las noches eran ya otro cantar: tras sendos fracasos las primeras dos noches, en las que mis compañeros de habitación y yo urdimos poner un cartel en la puerta “Vietato hombres – El Capricho” (ya se ve cuán infame es nuestro italiano), fuimos, poco a poco, consiguiendo llenar nuestra habitación de hembras. Poco a poco iba intentando camelarme a mi víctima con poco resultado, hasta que mi compañero de habitación, una maricona loca, se me adelantó. Fue entonces el momento de abortar ese objetivo y pasar a otro.

Pero sin duda alguna, lo mejor fue la última noche, en la que, decidido a liarme con cualquier italiana que hubiera por allí, me agencié una botella de vodka y empecé a beber como si en ello me fuera la vida. Al poco tiempo, me vi rodeado de carne española y con un gorrito de ducha puesto. Empecé a deambular por los pasillos, viendo como la liaban mis colegas (y también varias potas y un meado por el camino) hasta que, debido al gran esfuerzo, decidí permanecer en mi habitación. Allí, una rubita autóctona, cogió una cajetilla de nutella que había hurtado durante el desayuno y me untó los labios con parte. Poco tardaron en unirse el resto de muchachitas: el juego era quitárnosla mutuamente, aunque, por alguna razón, se desechó la idea inicial y todo se quedó en una sola ronda en la que teníamos que quitárnosla del cuello. A mí me “tocó” que me la quitara la susodicha rubita. En cuantó me puso los labios en el cuello y empezó a limpiarme, tardó poco en ponérseme como un buque. Exactamente, como dice El Blogger, es que se folla poco (eufemismo de nada).

Dentro de unas horas me cojo el bus en la puerta del instituto y me voy dos días a Toledo, a ver si hay más suerte.