jump to navigation

Perdido en su propia ciudad 20 de Mayo del 2005

Escrito por SodLogan en: Reflexiones,Ver para creer , trackback

Parece extraño en una persona de mundo como yo, en alguien que trabaja con mapas, en un estratega de tan alta categoría como yo; pero sí, ayer me perdí en mi propia ciudad, Sevilla, y, para más inri, en el casco antiguo.

Todo comenzó unas semanas atrás, cuando mi querido profesor de coro, Alonso SalaS, nos avisó de que ayer habría un… concierto en una iglesia. En aquel momento no me importaba todo aquello, así que yo me limité a pensar “blablabla”, al estilo parlanchín de los sims.

Pero ayer llegó el día y yo, por supuesto, no tenía una camisa blanca que ponerme. “De camarero”, dijo mi profesor. Así que, cinco minutos antes de la hora de tener que salir de mi casa, me probé una de mi padre, con tan mala suerte de que, al mirarme al espejo, constaté que parecía un payaso, así que me tuve que ataviar con mi polifacética camisa gris de mangas largas, con el calor de cojones que hacía.

No sabía ir a la iglesia, así que miré en el callejero y, más o menos, logré hacer un esquema mental del camino que había de seguir. Llegué con total éxito al ayuntamiento pero, una vez allí, al haber tantas calles, me perdí, aunque me bastó con una sola pregunta a la señora de una farmacia para coger rumbo. Finalmente logré llegar. “La vuelta será más facil”, pensé.

Acabó el concierto, por así llamarlo, y emprendí el camino, por así llamarlo también, a mi casa. “Voy a ir por donde va todo el mundo”. Craso error. Todo el mundo salió del callejón en manada pero, al salir de éste, tomaron rumbos diversos. Yo opté por ir por donde no iba nadie, no fuera a ser que me perdiera y me vieran dar vueltas como un gilipollas. Lo cierto es que así pasó: me perdí y, en varias de mis vueltas, encontré a gente. “Es que estoy buscando una parada de autobús”, gran excusa que iba pensando, por si alguien me preguntaba al verme extraviado por las calles. Por lo menos, nadie lo hizo.

Tuve que volver a preguntar a unas señoras que paseaban. “Perdón… ¿el ayuntamiento?”. La respuesta era muy difícil de comprender, sobre todo si se contrastaba lo que decían con los gestos que hacían con las manos. Pero me aventuré a adentrarme en aquellos adarves. Unas cuantas veces más tuve que preguntar por “el ayuntamiento”. Tras andar varios cientos de metros rumbo “al ayuntamiento”, al alzar la vista, vi los pétreos arbotantes de la catedral gótica de Sevilla. No estaba en el ayuntamiento pero, al menos, ya sabía más o menos dónde cojones estaba. “Bueno, ahora sólo tengo que tirar por una de estas calles y ya está”.

Pero no, no fue tan fácil. Pocos segundos pasaron desde mi pensamiento hasta que un estruendoso cohete interrumpió mi cavilamiento. Por supuesto, eso era: los putos y piojosos rocieros estaban volviendo de su oh gloriosa cruzada en el que movieron a su santísima desde el punto A al punto B; ahora sólo habían de hacerlo desde el B hasta el A. Me dio por fijarme en ellos: los que venían encabezando la cola, montados en sus blancos corceles, venían colorados como el tinto del que estaban repletos, portando orgullosísimos unas “varas de mando” plateadas y con los mangos bien repujaditos. Los cabrones, encima de gordos, herejes-creyéndose-fieles y borrachos, desfilaban delante de la catedral como si fueran legados romanos, pasando bajo un arco de triunfo, victoriosos tras haber conquistado medio mundo. Tiene cojones.

Pero lo que más me tocó los cojones no fue este alarde de subnormalidad y, aunque me reí al ver su patética virgen de 1m por 1m, no pude evitar sentirme puteado al tener que desviarme del camino que ya había trazado, una vez me ví delante de la catedral. Quién hubiese tenido a mano una mágnum…

Cabe señalar que, finalmente, logré llegar a casa sano y salvo, aunque, eso sí, destrozado.

PD: Hoy he ayudado a una ancianita a subir su cesta de la compra cuatro escalones: “¿Le ayudo?”, le dije mientras cogía su cesta, sin poder salir de mi propio asombro. Soy un buen muchacho :)

Comentarios

No se pueden poner comentarios en esta columna