Mi vida corre peligro 3 de Junio del 2005
Escrito por SodLogan en: Reflexiones, Ver para creer , comentarios cerradosDebe ser que últimamente soy más cool de lo que solía, pero aún así no puedo salir de mi asombro al comprobar, en estos mismos momentos, que desde hace tan sólo un par de semanas he sido reprendido tres veces.
En primer lugar fue el novio de una… amiga. Los celos que me profesa le vencieron y, tras una larga, confusa, ambigua y extraña charla con aquélla, tuvo a bien enviarme un mail con el que, sinceramente, flipé al leerlo. En un principio no pude discernir si aquello era una broma o lo decía en serio, así que, como ya era muy tarde, decidí dar carpetazo al asunto hasta el día siguiente. Así pues, al día siguiente lo volví a leer y me incliné por pensar lo que finalmente resultó ser: el tío lo decía totalmente en serio. Como aquel mail era indigno de una persona pacífica como yo, pasé de contestarlo.
Otro día más tarde pude confirmar que el mail era, ciertamente, en serio, pues el susodicho me abrió una conversación en el messenger. Me invitó varias veces a “quedar para hablar”, cosa que pude declinar cien por cien satisfactoriamente gracias a mi avanzado arte oratorio. Como las cosas siempre han de caer por su propio peso, la cosa quedó ahí… por ahora.
Vamos ahora a narrar la segunda amenaza. Me gustaría aclarar que, exactamente, no fue una amenaza como tal, sino más bien un aviso, supongo. Y es que resulta que el menda, desde hace un par de días, es Bachillerundsir (sí, soy un flipado), cosa que había que celebrar. A tal efecto, se organizó una cena y fiesta para celebrar el adiós al instituto y el supuesto hola a la universidad. Durante la cena en el IES empecé a beber cerveza, cosa a la que no acostumbro, por lo que resulta que a los ocho botellines ya estaba entonadillo, por lo que tuve alguna que otra amena charla con los profesores -muchos también entonados- a los que invité, incluso, a fumar purito con dos orejas.
Cuando nos echaron de allí, nos fuimos a un antro-discoteca llamado Joyanka, el cual habíamos concertado y pagado anteriormente. Allí me pedí un total de dos “voskitas con naranja”, aunque en realidad me dieron meao de burra con naranja. La mezcla de la considerable cantidad de cerveza que había bebido con este misterioso fluido hizo que perdiera el control, por lo que, cuando me ofrecieron un poquito de “maría de la wena”, la acepté, en contra de mi costumbre. Ya había conseguido el último ingrediente de la noche: la locura sería total. Así pues, en mis constantes idas y venidas de la discoteca a la calle y de la calle a la discoteca, me harté de liársela al portero (por lo visto a casi todas las chavalitas también), por lo que ya, saturado de tanto incordio, me dijo “Paquito… estoy empezando a estar hasta la polla de ti… que yo tengo muy poca paciencia…”. Pero bueno, nada que no se pudiera solucionar con un poco de buen humor. Al parecer, la noche acabó en tragedia, pues acabamos siendo desalojados por la propia policía. La verdad es que yo no me enteré muy bien de la cosa.
Finalmente, el tercer relato ocurrió hoy mismo, cuando mi madre me dijo que bajara a por la compra. Estaba solo en casa, así que, una vez más, me tocó a mí cargar con todo. El trayecto es el siguiente: primeramente hay que recoger la compra desde la puerta de la calle, donde la deja mi madre; después hay que subir un piso, para, finalmente, coger el ascensor hasta el quinto piso y descargar allí. Gracias a Diox, hace unos meses pusieron un… ascensor, por así llamarlo, que salvaba a los ancianitos y a los discapacitados de tener que subir el primer piso. Así que, por qué no, podría servir para subir la compra.
Así pues, tras hacer los cálculos necesarios (si te pasas de 225kg el ascensor no sube ni baja), empecé a llenarlo. Subí la primera tanda con un éxito rotundo y, cuando llegué con la segunda, me aguardaba allí, en la mismita puerta, una señora con un mono azul. Empezó a decirme que aquel ascensor no era para eso, que sólo es para que suban los ancianitos. Tras callarme unos segundos prudentemente, la señora volvió a lanzar improperios. Ante esto contesté “gracias por el aviso”. Siguió la mujer erre que erre con su discurso, mientras mis pelotas se inflaban como si fueran de playa. Paró en el momento justo, por lo que evitó tener que escucharme el “váyase usted a limpiar”, el “cada uno a lo suyo” o un simple y contundente “chitón”.


