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Street Warfare 24 de Marzo del 2006

Escrito por SodLogan en: Protestas, Reflexiones , trackback

Precisamente estaba yo el otro día debatiendo con mi amigo Yokohama sobre el peligro de un nuevo tipo de lucha, algo más temible que una guerra nuclear, química y/o biológica y más estresante que una guerra de trincheras. Tampoco hablo de la lucha por mojar el calamar. Es algo, si cabe, aún peor: El Corte Inglés.

No me refiero al consumismo ni a ningún otro manido y cansino tema. Me refiero a auténticas guerras de guerrillas que se gestan en los estrechos pasillos del centro, creando una situación parecida a la del paso de las Termópilas, que aprovechan para atacarte sin compasión, aprovechando la distracción y el aniquilamiento masivo de neuronas que causan con su música de ocasión (villancicos en Navidad, semanasanteo en Semana Santa, sevillanas en feria…).

No puedes mostrar debilidad, ya que lo notan, pues han sido entrenadas para ello. Estas famélicas señoritas vestidas de negro se lanzan sobre ti, ajeno a todo lo que ocurre a tu alrededor, atacándote en una primera acometida a distancia con perfumes y colonias diversos, para pasar después a la carga con unas mariquitas vibradoras verdes y unos terribles alambres similares, aunque a mayor escala, de los que usaban en La Naranja Mecánica para mantenerle los ojos abiertos al protagonista.

De no haber visto el funcionamiento de éstos, aún pensaría que eran el interior de alguna mariquita rota. Pero no. Son algo aún más siniestro. El artefacto consta de un mango por el que la mujer enlutada lo agarra. De éste, sale una serie de alambres curvados que, supuestamente, sirve para masajear la cabeza.

Con esta precaria explicación, queda patente la peligrosidad de este maquiavélico cacharro que, como las armas de los juegos de rol, va haciéndose más poderosa conforme se va avanzando en la aventura, pues va recogiendo caspa de aquí, piojos de acá, chinches de allí, pulgas de allá… hasta que, al final del día, tenemos un artefacto que sería capaz de abrir la caja fuerte del Banco de España, si tal cosa existe.

Y no exagero para nada. El otro día, mientras cruzaba el pasillo, y aún llevando gafas, me calló una ráfaga en los ojos por la que por poco me caigo de rodillas allí mismo. Aunque, como ya se sabe, I fear nothing, por lo que seguí hasta ver la luz.

Para colmo, esta práctica se ha extendido a las calles. No te atacan con estos procedimientos, sino que, aprovechando, por supuesto, una estrechez en una transitada calle, te acorralan entre varios y te preguntan si quieres hacer una encuesta.

Hasta ahora, gracias a mis amplios conocimientos de logística, había conseguido evadir tales ataques, excepto una vez que había una tía a la que le habría hecho más de un hijo, por lo que me dejé cazar. Me preguntó la edad y, siendo como era entonces, insensato e inocente, respondí que tenía 17 años, por lo que me dijo que no le valía. Igual, ciertamente, quería hacerme algo más que una encuesta.

Justamente hoy, por culpa de un descuido, me ha vuelto a asaltar una gitanilla que no tendría más de 18, que es lo que me toca las pelotas del asunto. Como yo, sea cual sea la situación, siempre soy un amable y cortés caballero, acepté hacer la encuesta que me proponía hacer. Cuando me preguntó mi edad, dije con suficiencia “18″, a lo que me respondió que no le valía.

¿Qué significará eso? ¿Querrían para esta encuesta a un inocente adolescente? ¿Buscarían un hombretón al que preguntar sobre política y bolsa?

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