Por qué no me gustan los gais 26 de Enero del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Protestas, Reflexiones , trackbackAnte nada, aclarar una cosa:
gay. Voz tomada del inglés gay, que significa, como adjetivo, ‘homosexual’ o ‘de (los) homosexuales’ y, como sustantivo masculino, ‘hombre homosexual’ [...]. Aunque entre los hispanohablantes está extendida la pronunciación inglesa [géi], en español se recomienda adecuar la pronunciación a la grafía y decir [gái]. Su plural debe ser gais, y no *gays.
Diccionario panhispánico de dudas
A lo que iba: a raíz de un comentario en una antigua columna, a mi amigo Yohein le volvió a dar la vena “socialista” y estuvimos discutiendo un rato sobre ello por messenger. No me considero un nazi y, por tanto, no me gusta que me etiqueten de ello por algún comentario machista u homófobo homosexualófobo (no siento aversión por las cosas iguales, lo siento) que haga, por lo que doy mi explicación sobre esta cierta aversión que siento hacia estas personas.
Primero debería dejar claro que distingo, dentro de los gais, dos subcategorías: (1) aquellos que se sienten atraídos por los hombres, independientemente de la pluma que tengan, y (2) las mariconas locas. No tengo nada en contra de los primeros. Por los segundos, como ya digo, siento cierta aversión. Que cada uno es como es, sí, no lo voy a negar, criticar o punir. Lo que no puedo permitir, porque me da asco, es que, cuando salgo por la noche (y no tan de noche), me asalten los maricones y me metan cuello e incluso mano (sic) impertérritamente ante mis negativas, rechazos e incluso amenazas con los botellines de Heineken.
Y esto, desgraciadamente, no me ha pasado una, dos, tres ni cuatro veces. Quizás sea algún tipo de error en mis feromonas, si es que de verdad los hombres las producimos. Tendría para contar largo y tendido a razón de columna por cada una, pero resumo.
La primera vez que me pasó fue cuando tenía 16 años. Serían las 20:00 de un verano (pleno día, vamos) cuando estaba yo esperando a unos amigos frente a la puerta de un centro comercial para ir a ver alguna película al cine. Ufanamente se me acercó un señor gordo y cincuentón que me preguntó por un bar que a mí me sonaba que fuera de ambiente. Le indiqué por dónde creía que quedaba, tras lo cual me pasó revista y me preguntó, como si me estuviera vendiendo hachís:
—Oye… tú… no te ganarás la vidila, ¿no?
—… … … … no…
Tras lo cual se fue y nunca lo volví a ver, gracias al FSM. Creo que aquello me marcó muy mucho. Lo peor de todo y que terminó de marcarme como un hierro al rojo a un jamelgo fue cuando, unos meses más tarde, venía yo de cogerme una de mis primeras cogorzas, dirección a casa. A tales horas las calles estaban desiertas y había poca luz. A lo lejos vi venir a “una rubia” por la otra acera. Cruzó y se me acercó.
—Hola guapo… ¿quieres follar?
—No, gracias, creo que no…
—¿Por qué? Si nadie se va a enterar
![]()
—No, no…
—¿Seguro que no quieres follar? Jajajajaja
Aceleré el paso y finalmente llegué a casa, virgencito aún. Pensarán que soy yo el maricón por no aceptar tal proposición. El problema habría sido la incompatibilidad entrepernil que deduje a partir de su voz de Louis Armstrong.
Y, como éstas, más historias homosexuales me han ocurrido a lo largo de mis 19 años. Señores gais: vivan y dejen vivir.

Cursos
Master
MBA

Comentarios »
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!