El viaje a Grecia 28 de Febrero del 2007
Escrito por SodLogan en: Estudios, Reflexiones, Viajes , trackbackEdito: Como la columna sin fotos perdía sustancia, me he apresurado a recuperarlas y a poner algunas, además de un vídeo que no tiene desperdicio. Si alguno de los que sale en las fotos visitare el blog y no quiere que salga, pese a la censura, favor de avisar.
Perplejo, me doy cuenta de que nunca he narrado las crónicas del viaje a Grecia que hice en primero de bachillerato, un año antes del de Roma. Si el de Italia estuvo bien, el de Grecia, más concretamente Atenas y alrededores, estuvo genial. Quizás no tanto en lo cultural, ya que casi todo había de ser contemplado tras un cristal o se encontraba lleno de andamios y/o expoliado, pero lo que fue lo social fue increíble.

No es lo que parece. Cartel de una tienda de gyros, esquisitez griega.
Por supuesto, vimos el Partenón —o lo que quedaba de él— y un montón de museos, templos e incluso el nuevo monumento a Leónidas y sus espartanos, cerca de las Termópilas. Sin embargo, ya digo que era la gran mayoría demasiado artificial y que lo más provechoso del viaje fue, con mucho, las noches en el hotel.

Tras una jornada agotadora de impregnarnos de mundo heleno, volvíamos al hotel por la tarde-noche rendidos, casi sin aliento, aunque esto no era problema para personas jóvenes y con ganas de marcha como nosotros. Tras un breve descanso, salíamos del hotel, ocultos en la oscuridad ateniense, a procurarnos botellas de alcohol, hielo y refrescos. Uno de los más importantes descubrimientos fue el Ouzo, causa y consecuencia de variados juegos en el que, ganaras o perdieras, te tocaba beber un chupitazo.

Tras una ronda de juegos “te toca beber”. No soy yo.
Esto, por supuesto, nos estaba prohibido por los profesores, lo que causaba constantes rondas de docentes yendo y viniendo por las habitaciones, sobre todo tras haber destruido varias camas. Como pasara un año más tarde en Roma, la gente tendía a apiñarse en una sola habitación, que se convertía en un pequeño botellódromo de diez metros cuadrados, con gente bebiendo cubatas, vino dulce de origen desconocido y, por supuesto, Ouzo.

El preciado Ouzo.
En tales situaciones, la gente se ponía a desvariar y a meter gritos, lo que causaba las rondas de los profes, a las que temíamos como Mike Scofield a un coche de policía. Realmente, resultaba cómico que llamaran a la puerta y, vaso en mano, con el Ouzo resbalándote por la barbilla, la abrieras y descubrieras al profe de griego en pijama de cuadritos, que venía a echar una buena bronca y a disolver a las masas. Cuando nos percatamos de esto, empezamos a reunirnos en habitaciones de la planta baja, por lo que, cuando preveíamos peligro, saltábamos en masa por la ventana para escapar a la bronca. A uno de los pobres propietarios de la habitación le tocaba entonces ir a abrir la puerta, hacerse el recién despertado y decirle que estaban durmiendo, que allí no estaba pasando nada, aunque la habitación estuviera clínicamente esterilizada por el alcohol.

Bebiendo por los pasillos.
Una vez embriagados, se nos ocurría de todo para seguir pasando la noche. Algunos realizaban cosas que, a día de hoy, siguen siendo un misterio, pues al parecer se despertaban en los sofás de la recepción, en medio de la moqueta del pasillo o en la bañera. Entre todo lo que hacíamos, cabe hacer especial mención a las bromas telefónicas de habitación a habitación:
—Hola, soy del FBI. ¿Está ahí el señor Mateo?
—Sí, soy yo.
—Estupendo. Le llamo porque hemos encontrado irregularidades en sus documentos, por lo que va a tener que abandonar el país antes de 24 horas *cuelga*
Puede que así no haga gracia, pero puedo asegurar que, tras unas rondas de chupitos, era descojonante. Otra broma, hecha por mí, fue la siguiente:
—(Con acento “argentino” y llamando, supuestamente, a la habitación de al lado) Hola, soy el recepcionista. Me están llegando muchas quejas de los clientes, así que dejen de beber alcohol y de formar ruido o tendré que llamar a la policía para desalojar la habitación de inmediato.
—Pero si no estamos haciendo nada…
—Eso dígaselo a los demás usuarios. O paran ahora mismo o los echo del hotel en el acto.
—(Casi llorando) Pero…
*cuelgo*
Al día siguiente, me enteré de que no llamé a la habitación de al lado, sino a una en la que estaban unos de segundo de bachillerato. Casualmente, estaba yo comentando la jugada con los demás cuando, de repente, me viene una pava de segundo de bachillerato preguntándome, entre curiosa, cabreada y riéndose, que si fui yo el cabrón que llamó, que se cagó encima. Todo quedó al final en unas cuantas carcajadas.
No hace falta decir que adolescentes de entre 16 y 19 años, mucho alcohol y camas de un hotel en un país extranjero son mezclas fatales, o geniales, según se mire. Tanto era así que el profe de griego, nuevamente, nos hubo de advertir:
Ya sois mayorcitos, pero a ver si vamos a haber entrado 35 en Grecia y vayamos a salir 36…
No era para menos, ya que en las habitaciones se formaban auténticas orgías, aunque no hasta el punto que piensan, ya que, una vez que penetraciones y felaciones eran inminentes, los participantes se iban a otra habitación.

Momento preliminar, esperando a que llegue el alcohol. Yo, abajo a la izquierda.
Una buena noche como otra cualquiera, hubo de sentarme algo mal, por lo que me fui a una habitación, solo, a tumbarme tranquilamente en una habitación a reponerme. Como yo ya estaba versado en los artes de los siegotes malos, me tumbé en una cama, boca abajo, y me puse a respirar rítmicamente para recuperar el sentido, que casi me había abandonado, y burlar el coma. Adivinen qué pasó.
La pava a la que le hice la broma llegó segundos después, llorando desconsoladamente, y se tumbó en la cama, a mi lado. No puedo asegurarlo, pero creo que, mientras yo me debatía entre la vida y la muerte, ella se puso a contarme sus penurias, ya que, creo, el tío que le molaba a ella se había ido con otra a jincársela. Yo, por no hacerle un feo a la chavala y para hacerle creer que la estaba escuchando, le cogí la mano, aún tumbado boca abajo, y se la apretaba de vez en cuando a modo de consuelo. Lo próximo que recuerdo es que me desperté en aquella misma cama, aunque solo y con las sábanas en un razonable estado de planchado y disposición hotelera. Ya lo llevo diciendo durante años: esto del fornicio no está pa mí.
Y, en general, así discurrió la semana en Grecia: nos levantábamos bien temprano, nos pasábamos 10 horas visitando la ciudad y, cuando llegábamos, nos poníamos a festejar una noche más que sobrevivimos al maratoniano día. Eso sí: volvimos a España con los gemelos y el hígado de acero.

Bebiendo buena cerveza griega Mythos. No soy el de la foto.
Genial vídeo del último día. Cena en un restaurante, unas copichuelas de más y unos anfitriones que querían ver el “arte español”. El profesor de griego se marca un dansin. Atención a las carcajadas del fondo.

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Comentarios »
Jur, aún estabas en tu etapa pre-skin
.
Saludos.
¿Pre-skin? ¡AAAAH!
No soy ningún skin ¬¬ Sólo me rapo por eso de los carteles de coca cola: “Que levante la mano el que se estaba quedando calvo y se rapó para ser sexy”, solo que sin mucho éxito. Eso sí, la caída de pelo ha parado
Moraleja: si tu padre no es de pelo fuerte, no intentes dejarte el pelo largo.