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Gajes del oficio 19 de Abril del 2007

Escrito por SodLogan en: Casposidad, Protestas, Reflexiones, Ver para creer , comentarios cerrados

El martes de la semana pasada salí como otra mañana cualquiera a echar mis horillas repartiendo publicidad del Telepizza. A todo esto, llego a un bloque, entro y empiezo a echar los “cupones de descuento” (forma cool de llamar a la publicidad). Mientras estaba en la labor, bajó las escaleras, apoyándose en su bastón, una adorable viejecita.

—¿Case niño?
—Aquí echando publicidad.

A lo que la puta vieja de los huevos, furibunda, puso el bastón en ristre y empezó a proferir insultos y amenazas mientras hacía amago de acercarse mientras lo agitaba. En aquel momento a uno no se le ocurre otra cosa que salir por patas. Sin embargo, se me presentaba un problema logístico: la vieja se interponía entre mí y el interruptor para abrir la puerta, por lo que me encontraba atrapado a merced de la vieja y su bastón de roble, igual que un campesino de las levas medievales ante la carga de un regimiento de catafractos.

Como luego me dirían, “¡Pero, tío, que es una vieja, que no es un yonko ni un etarra!“. Puede ser, pero la verdad es que la vieja contaba con varios puntos a su favor, por lo que cualquier mariscal comprenderá el miedo que se apoderó de mí:

  1. Contaba con el factor semisorpresa
  2. Tenía un objeto contundente con forma alargada, lo que aprovecha mejor la inercia de la carga
  3. Se encontraba en terreno elevado (unos peldaños arriba) respecto a mí, por lo que aumentaba su alcance y potencia, lo que hacía más fácil su ataque y más difícil mi defensa
  4. Contaba con la intocabilidad de ser una vieja, por lo que yo no podía permitirme ni tocarla so pena de partirle 20 huesos

Finalmente pude sofocar el peligro, abrir la puerta y marcharme. Repartí unos cuantos pisos más mientras pensaba sobre lo ocurrido, hasta que llegué a la conclusión de que lo sucedido era indignante y que no merecía ser tratado como un villano por poco más de 200 euros al mes. Así pues, me fui a mi casa a reflexionar más tranquilamente, tras lo cual fui al Telepizza a despedirme.

Allí el jefe casi se me echa al suelo a decirme que eso “pasa”, que “simplemente pase” y que “a la próxima la amenace con denunciarla”. Y es que tiene huevos que le esté pagando la pensión a semejante escoria que no me deja ni trabajar y pagarle la pensión con la que ella paga la televisión que seguramente ve a todas horas. Y es que ya lo he dicho más de una vez: los viejos, sobre todo las viejas, son los peores, pero para cualquier cosa. Malditos.

Y bueno, ya estoy terminando mi tercera semana de currele. He tenido más problemas con otra señora madurita, de más de 50, que me llamó sinvergüenza por estar repartiendo publicidad en sus buzones. El diálogo de besugos, que aproveché para repartir los buzones que me quedaban del portal, fue una cosa así:

—Oye, niño, ahí fuera hay un buzón para publcidad.
—Ya lo he visto, pero un señor me ha abierto y me ha dejado pasar.
—Po no sería propietario (con pedantería)… sería un estudiante (con desprecio)…
—…
—Vaya tela el niño… si se te llama la atención es pa que no sigas echando…
—A mí me pagan por hacer esto, y si ese señor me abrió es porque habrá gente a la que esto le pueda interesar…
—Sí, pero es que para eso está el buzón de fuera en el que los propietarios (con pedantería) nos hemos gastado un dinero…
—Señora, ese buzón cuesta cinco euros. Cinco euros a pagar entre ochenta casas que tiene el bloque son menos de diez céntimos. Si quiere se los pago ahora mismo y deja de tocarme los cojones.

Esto último obviamente no se lo dije, pero más que nada porque vino otro viejuno rebelde preguntando que qué pasaba. Como el diálogo me dio tiempo suficiente como para repartir todos los vecinos, cogí y me fui.

Desde luego, hay que ver lo hijaputa, criminal e insolidaria que es la gente… Lo que costará abrir la puerta, dejarme echar la publicidad y ya después la tiras en tu casa, joder. Que no voy llamando puerta por puerta.

Lo que no entienden estos señores insolidarios es que, además de dificultarme el trabajo, al no abrirme la puerta del bloque hacen que tenga que molestar a más vecinos y alguno al final me va a abrir… Así que, desde aquí, pido que, por favor, abran a los pobres chavales que intentan ganarse sus cuatro duros. Y a los señores carteros, que no llamen a todo el puto bloque, porque después llegas tú identificándote otra vez como el cartero y, claro, la gente sospecha y hace preguntas:

—¿Hiiiii?
—Correoooo…
—¿Cómo correo? ¿Otra vez? (intercambiable los sábados por “¿Correo hoy sábado?”)
—Correo…
—¿Pero cómo correo? ¿Qué correo?
—Correo, señora…
—¿Pero cómo correo? ¿Qué correo? ¿Comercial?
—Sí…
—Pues aquí no queremos. *cuelga*

Malditas. Compráos un negro que os satisfaga y dejad de joderle la vida a los trabajadores honrados, perras marujas. Ahg.

Cowboy Bebop

Escrito por SodLogan en: Manganime, Televisión , comentarios cerrados

Por recomendación y más bien insistencia de mi amigo Yohein, me vi Cowboy Bebop. La serie consta de 26 capítulos y una película: Cowboy Bebop: Knocking on Heaven’s Door, que no sigue la trama de la serie, si es que había alguna, sino que es una aventura intermedia en la línea temporal de la serie.

cowboy-bebop.jpg

Spike Spiegel y Jet Black son dos cazarrecompensas que se ganan la vida cazando criminales en el futuro 2071. Durante sus aventuras, dos nuevos personajes se unirán a la tripulación: Faye Valentine, una golfilla que siempre va enseñando carne con un pasado desconocido incluso por ella, y Ed, una cría de increíble habilidad con los aparatos electrónicos.

Cada capítulo va prácticamente desligado de los otros, aunque todos siguen supuestamente la tímida y casi irrelevante línea argumental general. En ellos, Spike y compañía irán en busca del villano de turno, con tan mala suerte de que rara vez consiguen su objetivo.

En cuanto a la película: un rollo de dos horas en el que sólo merecen la pena los primeros cinco minutos y la última media hora. El resto es relleno soporífero para poder alargarla y poder considerarla película.

Tras toda la presión que recibí para ver la serie, la verdad es que me deja algo decepcionado.

Vida chabolera 15 de Abril del 2007

Escrito por SodLogan en: Casposidad, Ver para creer , comentarios cerrados

Hace unas cuantas semanas, en un comentario que hice en algún blog, hablé de las condiciones tercermundistas en las que me encuentro viviendo, al menos en cuanto a mobiliario. Fue gracias a una conversación por messenger con una amiwita y nueva lectora (o eso espero) por lo que me decidí a hacer el reportaje que nos ocupa (le hacía ilusión que lo pusiera).

Un poco de historia sobre la situación actual. Desde que tengo uso de razón hasta los 10 años o así vivía en el piso donde vuelvo a vivir ahora. Por entonces mis padres compraron un chalé en Gelves, un pueblo a 10 ó 15 minutos en coche de Sevilla, en el que vivimos durante unos cinco años. Pero aquello implicaba tener que coger el coche hasta para mear, y el golfeo nocturno de salir hasta tarde se hacía complicado, ya que no era plan de que viniera mi padre a recogerme a las cinco de la madrugada apestando a cubatas. Al final acabamos todos hartos del coche y los inconvenientes de vivir lejos, así que decidimos volvernos al centro, con la mala suerte de que el piso, que se lo teníamos alquilado a unos estudiantes, estaba ocupado hasta dentro de dos años y los cabrones no querían irse ni pidiéndolo de rodillas. Así que, paradójicamente, acabamos alquilando un piso similar al nuestro a 20 metros, en el que vivimos dos años. Finalmente, el año pasado volvimos a los orígenes.

Sin embargo, un piso que tiene tantos años como yo y que nunca ha sido reamueblado se convierte en una chabola cuando, además, han estado viviendo durante años y años estudiantes. Lo más irónico es que seguro que algún pícaro se habrá traginado a infinidad de pavas en mi cama. Afortunadamente, en un par de meses iniciaremos las obras de la catedral y volveremos a vivir en una casa digna con muebles dignos. Para dejar testimonio de en qué he estado viviendo durante dos años, he aquí algunas fotos. Juro solemnemente que son de mi habitación de verdad.

general.jpg

Vista general. Mirando hacia la cama y ese… mueble. Atención a la criatura del averno que reposa en la cama.

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La mesa donde paso horas al día. El rollo de papel es para limpiar la pantalla y las gafas, claro.

cortinas.jpg

Preciosas las cortinas. Son de barquitos, sí.

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La parte más expresiva. Juro que esto permanece así, tal cual está fotografiado. Y sí, lo de arriba son los calzoncillos.

Tranquilĭtas, tranquilitātis

Escrito por SodLogan en: Casposidad, Reflexiones , comentarios cerrados

Tengo que reconocer que últimamente tengo el blog dejado de la mano del FSM. Para mí que es esto de trabajar, que me rompe el biorritmo y me hace caer en la temida procrastinación. Llevo dos semanas en las que, prácticamente, lo único que hago es levantarme, trabajar, apatizar un rato en el ordenador hasta la hora de comer, comer, dormir un rato la siesta y después más horas de ordenador.

No se me asusten. Sé que esta columna suena a la típica de “volvemos con más fuerza que nunca”, que suele ser el irónico abandono y/o cierre del 90% de webs. Pero no, yo no abandono, ni mucho menos cierro —aunque sea por las cuatro perras que me da el AdSense desde aquí.

Lo curioso es que no hago nada. Tengo una columna a medio escribir sobre un caso acontecido y su correspondiente reflexión sobre el Telepizza, pero no me da por terminarla. Me asusta que puedo estar cinco o seis horas en el ordenador sin hacer nada. No veo series, no veo películas, no juego a nada, no escribo, no leo… Las series y las películas no me dicen “veme”, los juegos no me dicen “juégame”, el blog no me dice “escríbeme” y los libros no me dicen “léeme”. Sin embargo, los contactos del messenger sí que me hablan, lo que requiere una acción por mi parte. Por tanto, podría decirse que durante horas y horas por la tarde sólo hablo con gente y navego voy a la deriva por cientos de webs, principalmente de noticias y blogs.

Pero desde esta columna me comprometo a actualizar con algo interesante mañana. Y no sólo una actualización, sino un reportaje gráfico y la susodicha columna de las famosas aventuras del cuponeador de Sevilla.

¿Alguna chica que me quiera sacar de mi eterna y deprimente espiral procrastinante?

Señor cuponeador 5 de Abril del 2007

Escrito por SodLogan en: Casposidad, Protestas, Reflexiones , comentarios cerrados

Tras finalmente dejar la carrera, me metí en Infojobs a echar algunas solicitudes para “hacer algo de provecho”. Debido a mi nula experiencia laboral, no podía optar a ningún puesto digno de mis capacidades, así que tuve que echar solicitudes para trabajos infames, entre ellos el de auxiliar de tienda de Telepizza.

Un buen día acabó por llamarme una señora de esta cadena para decirme que no había puestos de auxiliar de tienda, pero que sí que había para repartidor. Yo le dije que lo sentía mucho, pero que no tenía licencia de ciclomotor, por lo que aquello no era posible. Finalmente, acabó por ofrecerme un puesto de cuponeador, el que deja la publicidad en los buzones. Le dije que podría interesarme, por lo que me dio cita para una “entrevista” a la que fueron dos más: otro chaval así como yo y un zordao profezioná.

Durante la “entrevista” la tía nos explicó la complicada filosofía del cuponeo, nos tomó los datos y nos dio fecha para ir a firmar el contrato. El día antes de que fuera a firmarlo, me llamó para decirme que no había sitio en la tienda que pedí, que si quería irme al quinto carajo para dejarme la mitad del sueldo en bonobuses. Le dije que no, que me llamase cuando hubiera algo donde yo pedí. Acabó arrastrándose a los pocos días suplicando que me uniera a la plantilla, que ya había algo para mí, así que acepté.

Cuando fui a firmar el contrato, había allí otros cuantos pollos que esperaban para lo mismo. Nos hicieron pasar a las “oficinas” y a mí me pusieron un vídeo explicativo sobre la labor cuponeadora. Unos actores lamentables me explicaban las obviedades más gilipollescas como que si se me caían los cupones al suelo tenía que recogerlos. Además, me explicaban que entre mi material de trabajo se encontraba “un bolígrafo que escribe” que a día de hoy no he recibido; de peores situaciones hemos salido. Cuando terminé, me hicieron rellenar un test para el que me dieron un tochillo de fotocopias que resumían el vídeo, ambos redactados por un niño de ocho años. Entre las preguntas, se encontraban algunas como la siguiente:

[EN EL TOCHO-RESUMEN]
Debemos ponernos el chubasquero para evitar neumonias y catarros.

[EN EL TEST]
Porque debemos ponernos el chubasquero?
a) Para evitar neumonias.
b) Para evitar catarros.
c) Las dos respuestas son correctas.

También me hicieron un test de manipulador de alimentos, aunque yo no toco nada de eso. Me pusieron otro vídeo bazófico y volvieron a darme otro tocho-resumen y otro test:

[EN EL TOCHO-RESUMEN]
No debemos estornudar encima de la comida.

[EN EL TEST]
Se puede estornudar en la comida?
a) Si.
b) No.
c) Si si no estamos enfermos.

Es acojonante, lo sé. Yo creo que realmente era para comprobar si sabíamos escribir, o quizás se me pasó por alto el enunciado de “corriga las faltas de ortografia”. La cuestión es que ni te lo corregían, sino que lo terminabas, lo entregabas y listo. Seguramente ya estén en la papelera. Tras firmar el contrato, también redactado por un crío de huevos calvos, me dieron mi material de trabajo, a saber: gorra roja de Telepizza, pantalones azules de Telepizza, polo rojo de mangas cortas de Telepizza y pin de Telepizza para ponértelo en el pecho. Yo sólo me pongo los pantalones y el polo, y cuando haga más calor, supongo que iré a la tienda con el polo y, tras haber recogido los cupones, volveré a mi casa y me pondré una camiseta en condiciones, que no es plan de ir haciendo el capullo por la calle.

Me hace gracia que en el vídeo de manipulación de alimentos, como medida de higiene, te decían que la ropa de Telepizza no debía usarse para otras ocasiones que no fueran las de trabajar en Telepizza. Pero, a ver, si llevo tres días sudando como un cabrón por no quitarme el polar para que no se me vea el polo de mierda que me habéis dado, ¿en qué cabeza cabe que vaya a llevar puesta la ropa de Telepizza más tiempo del estrictamente necesario? Para mear y no echar gota.

El primer día, antes de salir a las calles, me explicó mi “jefa” los rudimentos del cuponeo. Cogí mi tocho de cupones y me fui. Como no estaba acostumbrado al horario de “levantarme temprano”, tuve que volver a casa para descargar el estómago.

El cuponeo, realmente, es un trabajo duro. Antes de salir te dan tu papelito con las calles a repartir, de modo que, supuestamente, tardes tres horas. La cuestión es que hay veces que tardas más en encontrar una calle que en repartirla. Finalmente, cuando la encuentras, tienes que ir llamando a los portales para que te abran. Mi primer día fue algo ineficaz:

*bzzzz*
—¿Quieneeeeh?
—Publicidad
—Piérdete. No queremos publicidad.

*bzzzz*
—¿Quieneeeeh?
—Cupones de Telepizza, ¿me abre, por favor?
—Aquí no habemo pedío na. Lárgate.

Y así erré por las calles sevillanas suplicando a la gente que me abriera. Algunos se apiadaban de mí, otros abrían sin preguntar, pero repartí poco.

Al segundo día, llegué puntualmente a las 10 de la mañana, pero aún no estaba abierto. Allí esperaban una pizzera y un repartidor de coca cola. A los 20 minutos vino en pavo que abría ese día y, sin mediar disculpa, abrió. “Ésta me la guardo, cabrón”, pensé. Volví a aprovisionarme de cupones y me dispuse a repartirlos. El día se dio algo mejor, ya que pasé a identificarme directamente como “correoooo”. Mano de santo. Ya habían pasado las tres horas que se me pagaban y quedaba una calle por repartir. “Ésta se te queda sin repartir, por cabrón e impuntual”, y me volví. Ya me echarán si les parece, pero obviamente no voy a trabajar los 20 minutos que el pavo estuvo haciéndose una paja en su casa.

El tercer y de momento último día fue mejor aún, ya que terminé antes de que se cumpliesen las tres horas. Volví a la tienda, hice los recuentos y fui a dejar el informe en la salita donde es menester. Aprovechando que no había nadie, me permití echar un vistazo al informe que había dejado un minuto antes un compañero. Yo, tras haber hecho el recuento, estaba feliz por haber repartido casi 300 cupones, mi récord hasta el momento. Cuando vi el del pavo éste, se me cayó el alma al suelo: casi 1000 cupones en menos tiempo. Creo que ya mismo estoy en la calle por incompetente y fresco.