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El viaje a Barcelona 1 de Agosto del 2007

Escrito por SodLogan en: Casposidad,Golfas,Reflexiones,Viajes , trackback

Ayer mismo volví de mi pequeño viaje de vacaciones a Barcelona. Como puntuación global, podría ponérsele un notable, en contraposición al muy deficiente del viaje del pasado verano a Londres. Quizás fue porque este año hubo más suerte, o quizás porque este año iba a tiros hechos, sabiendo lo que me iba a encontrar y lo que quería hacer.

Por llegar al hostal (Hostal Fernando, muy recomendado), tuvimos que esperar, a las 12 de la noche y sudando como chanchos, a que un capullo preguntara una vez tras otra lo mismo.

—¿Qué habitaciones tiene libres?
—Tengo no sé cuántas camas libres, pero tendrían que ser en habitaciones separadas.
—Pero yo quiero no sé qué…
—Pero sólo tengo estas camas libres en habitaciones separadas.
—¿Pero no puede ser en la misma habitación?

etcétera de 10 minutos

El recepcionista, Santiago, un argentino con gran parecido a Quentin Tarantino del que nos hicimos medio coleguitas, nos miró compadeciéndose de nosotros y nos dijo “chicos, sha ven que han shegado en mal momento”, aunque el otro pavo parece que no se dio por aludido. Lo peor de todo es que después se fue por donde vino, una vez que se dio cuenta de que no podía meter a veinte personas en la misma habitación.

A la mañana siguiente ya tuvimos la primera pequeña anécdota. Nos despertamos y uno de mis dos acompañantes bajó a hacer alguna gestión. En los cinco minutos, el restante y yo hablamos brevemente con nuestros compañeros de habitación: un argentino y sus dos primas que, si bien no eran gran cosa, tampoco estaban mal. Volvió nuestro amigo:

—Illo, la sala de estar está llena de sudacas.

Aunque no fue más allá, ya que posteriormente se disculpó e incluso nos hicimos amigos de los argentinos; sin embargo, no llegamos a jugar al strip póquer como habíamos fabulado en un principio.

Aun sabiendo que íbamos a lo que íbamos, no era plan de abandonar Barcelona sin visitar ciertos lugares, así que un día decidimos ir de turismo. Por supuesto, el primer sitio fue la Sagrada Familia, aunque debido al escaso interés de mis compañeros y al precio que imponían los catalanes por entrar (que tiene huevos), sólo le dimos la vuelta por fuera y de vuelta al metro antes de que se pasara la hora y cuarto de transbordo.

Tras esto, tuvimos la horrible idea de ir a ver el Castillo de Montjuïc. Una vez que nos bajamos en el sitio más cerca en el que nos dejaba el metro, empezamos a subir interminables escaleras hasta la zona olímpica. Allí tuvimos la ya horribilísima idea de preguntarle a un par de capullos que aún deben estar partiéndose la polla a nuestra costa.

—¿El Castillo de Montjuïc?
—Cinco minutos hacia allá :D :D :D

Sus muertos cinco minutos. Anduvimos cinco minutos y no encontramos nada, diez, quince, veinte… pero, ya que estábamos allí, había que seguir. Para colmo de males, el calor era abrasador y éramos los más kíes del lugar, sin camiseta y blancos como pescadillas. Los vejetes que nos veían subir aquellas cuestas de dios se nos quedaban mirando atónitos. Media hora y más subiendo cuestas sin ver nada nos hacía pensar que el castillo debió haberse erosionado y que nadie se había dado cuenta, aunque sí que estaba allí. Llegamos tan reventados que entramos, nos compramos una botella de agua, dimos la vuelta al castillo y pa’bajo, aunque esta vez en autobús.

Y eso, amigos, fue el turismo que hicimos. También vimos accidentalmente el Colón, aunque ya digo que poca cosa. Sin embargo, lo interesante del viaje no eran los monumentos, ni siquiera las catalanas, sino las playuquis y la juerga nocturna.

Tres o cuatro tardes fuimos a la Barceloneta, donde las guiris se apiñaban para enseñar carne de la buena y los moros ofrecían con fruición colafantaseeervesaverycoldbeermyfriend; en ocasiones también choooocolatemaríacoca. Cada tarde llegaba un momento en que dos de nosotros nos confabulábamos contra el otro para meterle presión para que se fuera hacia unas pavas y les dijera algo. El más arrojado de nosotros fue cierta tarde hacia unas italianas con éxito nulo. A la siguiente, el otro y yo nos acercamos a unas alemanas que, aunque sí que nos daban bola, no tardaron en decirnos que aquella misma noche se iban a Málaga o algo así, por lo que nuestros aviesos propósitos se vieron truncados. Ese mismo día, tras la decepción de las alemanas, el restante, el de las italianas, se acercó a otras dos con las que estuvo hablando su buena media hora; las golfas le pidieron el móvil y le dijeron que lo llamarían el viernes para ver si salíamos juntos. Como era de suponer, tal llamada nunca llegó.

Tras la playa, volvíamos, nos duchábamos, cenábamos y nos preparábamos para la noche. No tardamos en agenciarnos una botella por cabeza de alcohol. Llegados a este punto, tiramos la casa por la ventana: Absolut Vodka para el menda, whisky (bourbon) Four Roses para uno y ron Brugal para el otro. Tras la cena, cogíamos nuestras botellas, nuestros hielos y nuestras tazas-souvenir y nos poníamos a jugar al póker mientras dejábamos trabajar al hígado.

La primera noche fue sencillamente brutal. Caminando por La Rambla nos dieron invitaciones para un antro llamado Moog, y para allá fuimos. Nos pedimos un par de cervezones y empezamos la faena. Aunque la música era techno más que nada, nosotros perreábamos como nunca antes lo habíamos hecho. A mí se me acercó una golfa y empezó a darme conversación mientras se me rozaba por doquier. Aunque me perreaba a base de bien, la cosa no llegó a más, ya que la acompañaba un maricón que me dijo que tenía novio (ella). Como agradecimiento, le ilustré con aquella frase de “no folló el burro por guapo sino por pesado”, aunque yo ni por guapo ni por pesado.

Cuando lo di por perdido, subí a una pequeña plataforma de escasos centímetros de anchura a conejear un rato, donde conocí a una tal Francesca a la que le dije que “Io sonno Francisco” y di placer a todas las golfas que venían buscándolo, que no eran pocas. Aunque no pasó nada especial, aquella noche fue de las mejores noches discotequeras que recuerdo haber tenido.

Otra noche fuimos a un tal Fellini por recomendación de varias personas, aunque allí sólo encontramos material fálico en abundancia. Nos salimos y entramos en otro sitio mucho más relajado, donde entablamos conversación con tres francesas bien del montón —ergo accesibles— a las que llevamos de vuelta al Fellini para poder hacer lo que hay que hacer. Sin embargo, aquello no les gustó y se fueron al poco rato, como si tuvieran la esperanza de encontrar a otros tres apuestos caballeros. Noche perdida.

Entretanto, llegaron al hostal, a nuestra planta, cuatro italianas. Desde el primer momento las calamos. Llamarlas golfas es como decirle tontolculo a alguien que te está apuntando con una pistola. Eran el cénit, el apogeo del golfismo, un golfismo superlativo, un golfismo sin precedentes incluso para mí. No ya para preguntarles sin miedo si lo escupen o lo tragan, sino más bien para preguntarles si hacen gárgaras.

El primer encuentro que tuve con ellas fue en la cocina, al intentar salir de ella. Me disculpé en español y en italiano para que me abrieran paso, pero en vez de apartarse de la puerta se hicieron fuertes y hube de salir de allí rozándome con todas. Al entrar de nuevo, me las rocé a todas mientras me miraban satisfechas. A partir de aquel día, cada vez que me/nos veían, me/nos saludaban con unos cánticos de ciao, ciao, como si las sirenas y Ulises fuéramos. Pero, como ya he dicho, las teníamos catadas y desde el principio nos atamos al mástil.

Aun así, en una cena hablamos algo con ellas, en español los machos y en italiano las golfas, y les dijimos que todas las noches estábamos en la sala de estar bebiéndonos nuestros lotazos y jugando al póker para después salir por ahí. Como buenas golfas, nos dijeron que se pasarían por allí y que saldríamos juntos por ahí, cosa que, como ya supusimos, no ocurrió.

Finalmente se fueron los argentinos y entraron dos colombianos que liaban la de Cristo por las mañanas, o más bien al alba, como si estuvieran en sus casas. También vino un inglés al que nadie vio y que se fue al día siguiente, dejando su sitio a una lituana que llegó por la noche. Nosotros nos preparábamos para irnos por ahí, así que allí la dejamos. Sin embargo, nuestro plan se torció y volvimos para ponernos ropa más cómoda e irnos a otro sitio. Por el camino, debatimos brevemente sobre nuestra nueva compañera de habitación, y llegamos a la conclusión de que para viajar sola y alojarse sola en una habitación mixta hay que ser o bien muy golfa o bien muy inocente.

Llegamos, nos cambiamos delante de la chavala, que aún andaba despierta, y le propusimos que se viniera con nosotros, cosa que aceptó de buen grado. ¿Era muy golfa o muy inocente? La llevamos a Sunset, en el Maremagnum, y allí empezó otra muy buena noche. Sin embargo, el hecho de que aquella noche no bebiéramos y de que estuviera allí la pava con la que aquella noche tendríamos que dormir nos cortó algo y no pudimos perrear en condiciones a la ingente cantidad de guiris golfillas. Aquel sitio, el Sunset, era el paraíso de las discotecas: música buena y una proporción al 50% de buitres y golfas. Como casi todas eran guiris, iban bien sueltecitas y eran presas fáciles.

Como anécdotas, recuerdo a un peruano que iba ciego perdido, con greñas asquerosamente bañadas en sudor, como si hubiera salido de la ducha, que, cada vez que se cruzaba con una golfa, le metía un lametón en el cuello. También había un puretón de cincuenta años, calvo y con bigote, que era el amo de la pista y que perreaba con todas las que quería. Encima, las golfillas le seguían el rollo.

Decidimos que aquél era el sitio perfecto y que la noche siguiente, la última que estaríamos en Barcelona, iríamos allí del tirón, esta vez cargados de alcohol y sin trabas ni impedimentas.

Aquel día, el último, quedé con Nenillo y Fitti. Por deseo de mis amigos, fuimos a comer al McDonald’s para comprar Big Macs y comer chorreando el sudor sobacos abajo. Tras la comida nos dirigimos a un circuito de karts donde corrieron Nenillo, Fitti y otro amigo de Nenillo. Yo, por miedo a hacer el canelo de forma alarmante, me abstuve, aunque cuando los vi correr me arrepentí de no haberme metido. Me asombró el hecho de que Fitti no hiciera ningún trompo, se estrellara o volcara.

Por la noche, aunque no estaba claro, volvimos a quedar para perrear a lo grande en Sunset. Esta vez, no sólo nos acompañaba la lituana (que resultó ser más que nada muy inocente), sino también los dos colombianos, aunque teníamos la esperanza de que los tres se fueran a su bola y nos dejaran a nuestra bola. Sin embargo, Sunset no pudo ser, por lo que emprendimos un enorme periplo por La Rambla de garito en garito sin resultado alguno, hasta que ya, siendo más de las tres de la mañana, desistimos y nos fuimos cada uno a tomar por culo.

El día siguiente era el de regreso y puesto que nuestro avión salía a horas intempestivas tuvimos que pasar algunas horas en el aeropuerto. Allí nos sentamos al lado de dos buenas mozas —no por nada, sino por azar— a las que, minutos más tarde, empezó a buitrear un inglés gilipollas que traía tres latas de cerveza en la mano, las tres para él.
Las pavas resultaron ser austriacas, por lo que la conversación buitre-golfas era en inglés.

El muy gilipollas, sin ningún tipo de contemplación, empezó a contarles a las austriacas que no le gustaban los españoles porque “llevan unos zapatos muy gordos y cuando se los quitan sale toda la peste”, o que “somos muy vagos porque él pide una cerveza en un bar y tardan ‘dos horas’ en ponérsela”, entre otras lindezas.

Como le mirábamos raro de vez en cuando debió suponer que éramos españoles e intentó hacernos la prueba del algodón para ver si entendíamos inglés.

—Are you sleeping here tonight?

Yo, que soy muy cuco, me limité a poner cara de duda y a decir yes, yes, dando a entender que no sabía qué me estaba diciendo. Una vez que creyó comprobar que no le entendíamos, continuó soltando paridas sobre los españoles, hasta que les mostré con cara de psicópata un cuchillo que llevaba en la maleta a mis amigos, a lo que el inglés les dijo a las austriacas:

—… I think they understand

Y a partir de ahí se cortó. Otra anécdota más del aeropuerto fue que, en la cola para facturar, se nos acerca un pavo y nos pregunta:

—*no sé qué en catalán*
—¿Qué?
—*no sé qué en catalán*
—¿Qué?
—(con el inglés de las Alpujarras) Do you speak English?
—¿Qué?
—(un acompañante del pavo) No parlan…
—(el pavo) Ah, sois españoles…

Felicidades. Tras tres qué, el tipo se dio cuenta de que no hablábamos catalán y que tampoco éramos ingleses. Cuando se alejaron, hice un pequeño monólogo para mis amigos que resumo:

Hay que ser gilipollas para venir a un aeropuerto y empezar a hablar en catalán…

A lo que las tías que estaban detrás, que hasta entonces estaban hablando en castellano, empezaron a hablar en catalán. Para darles de tortas.

Comentarios

Gravatar 1. Una de Madrid - 2 de Agosto del 2007

¡¿pero se puede saber que haces tu con un cuchillo en la maleta?! (o_0) no, si… ya sabia yo que tu tenias algo raro…¬¬

Gravatar 2. MadAmerican - 3 de Agosto del 2007

Joder, qué bueno el post… me recuerda a los field reports que nos intercambiamos entre mis colegas y yo por mail…
Lo de las catalanas, para meterles de ostias… yo conocí a una Choni parecida en Inglaterra, precisamente, que a la pregunta de “¿eres española?” respondió con un “No, soy catalana”.
Y yo, ciudadano del mundo, no te jode…

Gravatar 3. Yohein - 4 de Agosto del 2007

Ahora sólo falta aplicar todos los conocimientos adquiridos en el periplo en un ámbito más familiar y ver si se obtienen los resultados deseados :)

Por cierto, ¿viste el toro de Osborne antes de que lo derribaran? xD

Un saludo

Gravatar 4. Mayu - 7 de Agosto del 2007

Que frikiiiiiiiiiiiiii el puto moro!!!! por ahí diciendo beeAr, xDDD (Quiero un oso?) xDDD
En ocasiones aparecía imaginaciones con osos alrededor del moro, xDDD

En fin… la lituana cada vez que me miraba, me miraba :D :D:D y yo ¬¬ ¬¬ ¬¬
La pobre se tendría que traumar ^^U

En fin… vaya resumén mas guay, me quedo con:
“Tres o cuatro tardes fuimos a la Barceloneta, donde las guiris se apiñaban para enseñar carne de la buena y los moros ofrecían con fruición colafantaseeervesaverycoldbeermyfriend; en ocasiones también choooocolatemaríacoca.”

y la conversación final en el aeropuerto… xDD

Gravatar 5. Drim - 7 de Agosto del 2007

Me ha gustado mucho tu resumen del viaje… solamente me ha sobrado la critica al catalan… y el comentario de una de madrid, es el idioma que hablamos y por mucho que os joda (que no entiendo el porque… a los ingleses les criticais por hablar ingles?). Por cierto el Toro de Osborne cae un poco lejillos de Barcelona, a unos 50 Km… Este toro hacia casi un año que estaba en tierra, lo alzaron y duro una semana jeje.
Saludos de un catalan trabajando en Madrid (no lo digo por nada, solo por las futuras criticas de catalanes y tal…)

PD: Mi post no pretende dar mal rollo ni mucho menos, solamente dar mi opinion.

Saludos!

Gravatar 6. Ruekov - 10 de Agosto del 2007

Una vez se me ocurrió preguntarle a uno de Glasgow si era inglés, y ya la armé. “Escocia, Escocia, inglaterra invasora”.

No nos es exclusivo de los catalanes esto xD