El otro lado de las cadenas 24 de Septiembre del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Informática, Internet, Protestas , 1 solo comentarioYo de verdad que no entiendo qué tiene la gente en la cabeza cuando se pone a enviar las malditas cadenas de mail, cuando es bien sabido que todo el mundo las odia y que nadie las lee. No entraré en roñosas críticas sobre la utilidad de las cadenas para crear listas de spam, porque para eso existe cualquier foro con más de 10 usuarios.
El día 1 de octubre de 19:55h a 20:00h. se propone apagar todas las luces
otra vez para darle un respiro al planeta (la propuesta proviene de Francia otra vez). Si la respuesta es masiva, el ahorro energético puede ser
brutal.Solo 5 minutos, a ver que pasa. Si si, ya se que estaremos 5 minutos a
oscuras con cara de tontos, pero recordar que internet tiene mucha fuerza y
podemos hacer algo grande. Y pasad la noticia!!POR FAVOR No reenvíes este mensaje, COPIA Y PEGA EL TEXTOS EN UN MENSAJE
NUEVO para no crear listas de usuarios para correo basura, solo se tardan
unos segundos más.
GRACIAS
Las negritas finales son de mi propiedad. Sin entrar a criticar tampoco la gilipollez que es la “convocatoria” en sí —porque es muy bonita y muy ecológica, sí, pero a ver después quién la hace, sino cuatro jipilongos, y si no a los datos del año pasado me remito—, me dio por darle al “mostrar detalles” de mi gmail, y ¡sorpresa!: una lista de al menos 50 direcciones de mail apareció ante mis ojos.
A ver para cuándo alguien hace una cadena para explicarle a la gente lo del campo CCO…
Hoy cumplo 20 años 11 de Septiembre del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Frikadas, Reflexiones , 10 comentariosYa van 20 años desde que mi madre mechó por coño como quien dice. Quizás este salto de décadas no sea tan traumático como los 30, los 40 o los 50 (supongo que a partir de los 50 ya sudas de todo y los habrá que hasta pierdan la cuenta), pero supongo que es normal pararse a pensar, a reflexionar. Algo así como cuando un anime va por la mitad, que te meten un capítulo de refrito, un resumen de todo lo que ha pasado hasta ahora. Yo espero que estos 20 años no sean esa mitad, ni que esa mitad haya pasado ya hace años, claro.
A bote pronto, la sensación de haber cumplido 20 años es de tristeza o incluso nostalgia, si bien no sabría explicar por qué esto último. No porque sienta que me esté haciendo viejo, sino más por una sensación de vacío, como si en estos 20 años no hubiera hecho nada importante con mi vida. Hay una serie de anuncios, creo que del Renault Mégane, que podrían explicar esta sensación que siento ahora mismo.
Si me paro a pensar, hay demasiadas cosas que a mi edad debería haber hecho pero que aún no he hecho, ni parece que vaya a hacer a corto plazo. Y la mayoría de los tiros —no todos—, me temo, van por donde siempre, no lo voy a negar. Podría explicar mi situación con unos ejemplos algo frikis, como que mi mayor experiencia sexual fue el minijuego de la piscina del God of War 2 y que lo más súper fuerte de la muerte que he hecho con una mujer ha sido ir al cine y comerme un helado, y esto en la más candorosa de las inocencias. Ni siquiera puedo decir que practico con cierta —aunque razonable— asiduidad el onanismo, si me ciño a la etimología. Lamentable.
La cruda realidad de las mujeres 6 de Septiembre del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Golfas, Reflexiones , escribe tu comentarioBienvenido a la cruda realidad de las mujeres: todo es muy guay hasta que les dices lo que sientes, que entonces parece que les has confesado que tienes una enfermedad contagiosa y evitan todo contacto contigo [...].
Las tías son así, muy majas mientras les sirvas de algo, cuando dejes de servirles, olvídate de ellas porque ellas hace tiempo se olvidaron de ti.
—Nuevamente, Glamdirg, sabio y filósofo de ElOtroLado.net
Cosas que me tocan los huevos en mi casa 25 de Agosto del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Protestas, Reflexiones , 6 comentariosEn mi casa hay ciertas costumbres que me matan. Me matan muy mucho, como decía alguien. Por más que trato de corregirlas, no hay manera. Supongo que 50 años y 20 años (padres y hermana, respectivamente) haciendo lo mismo de una misma forma dejan huella y ya no hay quien les quite los putos vicios que tienen y que me joden a mí.
Uno de estos vicios viene a la hora de comer o, más precisamente, justo después. Yo suelo ser el primero en terminar, por lo que, cuando me la echo, me voy a mi habitación a dormir un poco de siesta (normalmente no me doy tiempo ni a dormirme, simplemente cerrar unos minutos los ojos). Pues bien: los 10 ó 20 minutos que me permito de siesta, a menudo son interrumpidos por portazos y voceríos atroces por parte de mi familia. Que, digo yo, manda cojones que, después de media hora todos juntos en el salón, no se les ocurra hablar hasta que uno de ellos ha subido las escaleras y/o está en la otra punta de la casa, por lo que la conversación ha de ser a voces.
Otra manía que me hace hervir la sangre muchas veces son los comentarios obvios, peregrinos e insustanciales durante los telediarios. Ahora en verano están muy a la orden del día las noticias sobre incendios, muchos de ellos intencionados por algún loco al que habría que enterrar vivo. Pues justo cuando termina la noticia, y mientras empieza la siguiente, de grandísimo interés, tiene que saltar alguien con el típico comentario obvio que se hace año tras año y por los siglos de los siglos: “hay que ver, con lo que tardan los árboles en crecer…”. Ya lo sé; de hecho lo sabemos todos los que estamos en la mesa, así que déjanos escuchar la siguiente noticia, que a buen seguro es más interesante que tu comentario anodino in extremis.
Mi madre en particular también es muy aficionada a usar los pomos de las puertas como percha. Desde pantalones hasta el bolso. ¿Tan difícil es dejar las cosas de uno en los aposentos de uno mismo, y no en medio de la casa, molestando a los demás sin dejarles cerrar las puertas? Del mismo modo, y también mi madre, no hay vez que vaya a la cocina y me encuentre allí, acumulando la grasa de las chuletas, algún DVD original. Esto también suele ocurrir con la mesa donde se come, que rara es la vez que no esté atestada de objetos cuya estancia allí es del todo incomprensible; tal es el caso de libros, películas y, como hemos visto antes, ropas y bolsos.
Y ahora vienen todos los vicios en lo referente al cuarto de baño. Ya he cogido el hábito de, nada más levantarme, irme al WC a echar el truño. Pues rara es la vez que me encuentro el agua del WC transparente. En mi casa está la manía de mear y no tirar, o de tirar algo al WC (papeles mocosos, salibajos de mi padre y otras cosas de semejante índole) y no tirar, sino dejarlo allí para que lo disfrute el siguiente; y después tienen los santos cojones de quejarse cuando a mí se me olvida pasar la escobilla por mis restos fecales.
Después de tales menesteres, me voy al lavabo para asearme gatunamente. Y, cómo no, allí me encuentro una buena cantidad de peláncanos asquerosos de mi hermana, que se peina, se le caen los pelos y los deja en el lavabo, cosa que a mí me resulta asquerosísima. Además, cada vez que voy a coger el desodorante, tengo que lidiar con los cienes de botes que tiene mi hermana por los armarios.
Parece que me estoy haciendo un viejo cascarrabias…
Del egoísmo y la estupidez 13 de Agosto del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Protestas, Reflexiones, Ver para creer , 7 comentariosSi alguien queda que siga con asiduidad (si se le puede llamar así) este blog, se habrá dado cuenta de la pasmosa falta de actualización de los últimos tiempos. En ningún momento he dicho nada de cerrar por vacaciones, pues tenía en mente actualizar como si no pasara nada. Sin embargo, la apatía y la tristeza, amén de una reducción de la velocidad de internet (al final sí que controlaban el límite de los 5Gb mensuales), se han apoderado de mí y no hubiera sido capaz de escribir nada si me hubiera dado por abrir el panel de control de wordpress.
No obstante, a las tres de la madrugada me dispongo a escribir algo. Como si hubiera vuelto a mi época de quinceño, me encuentro en una no despreciable crisis existencial; no como las de antaño —pues ya estoy curtido como el cuero a base de palos y tropiezos en diversas piedras, algunas de las cuales se han cruzado más de una vez en mi camino—, pero sí de una magnitud considerable.
Aún recuerdo aquel aciago verano, sin duda el peor de mi vida, en el que me entró la varicela y en el que pasé el verano solitario y con una depresión de la que hube de reponerme yo solo, con dos cojones. El anterior tampoco fue muy bien, principalmente por problemas de faldas de los que ya he hablado. Durante esos dos años terminé de aprender varias lecciones importantísimas, entre las que destaco aprender a diferenciar entre amigos, amigotes, colegas y convenidos, y, sobre todo, aprender que no hay verdaderos amigos. Por muy duro que fuera, aprendí que eso era así, aunque me jodiera. En muchas pelis de guerra dicen aquello de “sin prisioneros”, tras lo cual les meten un tiro en la sien a los pobres diablos que han caído en manos enemigas. Llegado un momento, la vida te dice “sin amigos”, y todos aquellos que hasta entonces creías amigos de verdad, de los que duran toda la vida, de los que dentro de cincuenta años estarán jugando contigo al mus en un bar tomando una caña, mueren, como si alguien los hubiera puesto en fila y hubiera disparado un Mauser. Si alguien sigue creyendo que esto es así, que haga memoria y me diga si conserva algún amigo de la guardería y/o del colegio.
Llega un momento en que necesitas a tus amigos. Los necesitas de verdad, pero no están ahí. Squall sabía muy bien que esto era así. Podría decirse que el momento en que te das cuenta de esto, haces un gran avance en tu vida, similar al momento en que el hombre descubrió el fuego. Una vez que has abierto los ojos, sabes que el chaval que te ha agregado al messenger lo hace por algo de su muy particular interés, y que el que ya tenías desde hace meses, cuando te abre una ventanita preguntándote por las vacaciones, es para poder pasar a las primeras de cambio a pedirte ayuda con algo. Y que conste que no soy avaro a la hora de ayudar a la gente, pero no puedo aguantar cuando alguien que no me habla desde hace un año lo haga ahora para, directamente, sin saludar siquiera, me diga si tengo el serial del Office o el Windows XP. Vergüenza me daría a mí hacer esto. Si sólo hay una persona que me pueda ayudar con un problema, pero llevo un año sin hablar con él, me jodo y me busco la vida por mi cuenta, pero no tengo la poca vergüenza de hacer tal cosa. No seré yo el que niegue que la vida y las relaciones interpersonales son un puro intercambio de intereses, pero, al igual que en el eMule, el que no da no recibe, señores.
Y todo esto que precede viene a cuento de algo que me pasó el otro día. Cómo no, vía messenger me empezó a hablar un amigo (el todo por la parte o la parte por el todo, ya me entienden) para ver qué se hacía aquella noche. Para los que no sean sevillanos, que serán la mayoría, si bien se podrá extrapolar a muchas otras provincias, he de decir que Sevilla en agosto es una puta mierda, una ciudad fantasma, pues todos los sevillanos huyen despavoridos a las playas, como si el cielo sevillano se fuera a caer. Por si esto fuera poco, la policía, ociosa durante el año, se afana en patrullar los sitios de salida de la juventud tales como la Alfalfa y la Alameda (ya me los habrán oído más de una vez), de modo que ir con una botella a la Alameda es como tratar de pasar por los detectores del aeropuerto con un chaleco de bombas. Y para terminar de rematar, está la beca esa que le han dado a todo el mundo para que “se vayan a aprender inglés a un país extranjero”, 1600 eurazos por cabeza, para ir a un país extranjero a fornicar el más espabilado y a emborracharse el menos, pero esto ya merece una columna aparte.
Me empezó a hablar, digo, y me preguntó si pensaba salir aquella noche que, si ya de por sí fuera a ser mierda, encima era un día entre semana. Yo me hice un poco el remolón, pues preveía que la noche sería atroz, pero tampoco opuse excesiva resistencia, si bien puse la condición de que saliera otro amigo, ya que me tenía que quedar a dormir en su casa. A esto me dijo que lo llamara yo para preguntarle si iba a salir, que “a él le importaba un huevo si salía o no”. En este preciso momento tenía que haberlo mandado a tomar por culo, pero simplemente me limité a llamar al otro, y no sólo por la conveniencia de quedarme a dormir en su casa, sino porque a mí sí me importaba que saliera.
Y este capullo fue el mismo con el que, unas semanas ha, tuve una conversación semejante a la siguiente:
—¿Tú vas a salir hoy?
—Bueno… ¿pero quiénes salimos?
—Pues de momento tú y yo.
—Bueno, pues tráete tías, ¿no?:D
—Si pudiera llevar tías no te llamaría, obviamente.
—…
Y éstos, señoras y señores, son los que se comen el mundo y a las tías, que no pocos cuernos tienen sus novias.
Como a la tercera va la vencida, será la próxima joya como éstas la que se lleve una despedida al más puro estilo Fernando Fernán-Gómez.
A toda esta tristeza y apatía, por supuesto, hay que sumarles problemas conyugales recientes, pero aún no he tropezado demasiadas veces en esa piedra.
Como dijo el amigo Groucho, que paren el mundo, que me bajo.
El viaje a Barcelona 1 de Agosto del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Golfas, Reflexiones, Viajes , 6 comentariosAyer mismo volví de mi pequeño viaje de vacaciones a Barcelona. Como puntuación global, podría ponérsele un notable, en contraposición al muy deficiente del viaje del pasado verano a Londres. Quizás fue porque este año hubo más suerte, o quizás porque este año iba a tiros hechos, sabiendo lo que me iba a encontrar y lo que quería hacer.
Por llegar al hostal (Hostal Fernando, muy recomendado), tuvimos que esperar, a las 12 de la noche y sudando como chanchos, a que un capullo preguntara una vez tras otra lo mismo.
—¿Qué habitaciones tiene libres?
—Tengo no sé cuántas camas libres, pero tendrían que ser en habitaciones separadas.
—Pero yo quiero no sé qué…
—Pero sólo tengo estas camas libres en habitaciones separadas.
—¿Pero no puede ser en la misma habitación?etcétera de 10 minutos
El recepcionista, Santiago, un argentino con gran parecido a Quentin Tarantino del que nos hicimos medio coleguitas, nos miró compadeciéndose de nosotros y nos dijo “chicos, sha ven que han shegado en mal momento”, aunque el otro pavo parece que no se dio por aludido. Lo peor de todo es que después se fue por donde vino, una vez que se dio cuenta de que no podía meter a veinte personas en la misma habitación.
A la mañana siguiente ya tuvimos la primera pequeña anécdota. Nos despertamos y uno de mis dos acompañantes bajó a hacer alguna gestión. En los cinco minutos, el restante y yo hablamos brevemente con nuestros compañeros de habitación: un argentino y sus dos primas que, si bien no eran gran cosa, tampoco estaban mal. Volvió nuestro amigo:
—Illo, la sala de estar está llena de sudacas.
Aunque no fue más allá, ya que posteriormente se disculpó e incluso nos hicimos amigos de los argentinos; sin embargo, no llegamos a jugar al strip póquer como habíamos fabulado en un principio.
Aun sabiendo que íbamos a lo que íbamos, no era plan de abandonar Barcelona sin visitar ciertos lugares, así que un día decidimos ir de turismo. Por supuesto, el primer sitio fue la Sagrada Familia, aunque debido al escaso interés de mis compañeros y al precio que imponían los catalanes por entrar (que tiene huevos), sólo le dimos la vuelta por fuera y de vuelta al metro antes de que se pasara la hora y cuarto de transbordo.
Tras esto, tuvimos la horrible idea de ir a ver el Castillo de Montjuïc. Una vez que nos bajamos en el sitio más cerca en el que nos dejaba el metro, empezamos a subir interminables escaleras hasta la zona olímpica. Allí tuvimos la ya horribilísima idea de preguntarle a un par de capullos que aún deben estar partiéndose la polla a nuestra costa.
—¿El Castillo de Montjuïc?
—Cinco minutos hacia allá:D
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Sus muertos cinco minutos. Anduvimos cinco minutos y no encontramos nada, diez, quince, veinte… pero, ya que estábamos allí, había que seguir. Para colmo de males, el calor era abrasador y éramos los más kíes del lugar, sin camiseta y blancos como pescadillas. Los vejetes que nos veían subir aquellas cuestas de dios se nos quedaban mirando atónitos. Media hora y más subiendo cuestas sin ver nada nos hacía pensar que el castillo debió haberse erosionado y que nadie se había dado cuenta, aunque sí que estaba allí. Llegamos tan reventados que entramos, nos compramos una botella de agua, dimos la vuelta al castillo y pa’bajo, aunque esta vez en autobús.
Y eso, amigos, fue el turismo que hicimos. También vimos accidentalmente el Colón, aunque ya digo que poca cosa. Sin embargo, lo interesante del viaje no eran los monumentos, ni siquiera las catalanas, sino las playuquis y la juerga nocturna.
Tres o cuatro tardes fuimos a la Barceloneta, donde las guiris se apiñaban para enseñar carne de la buena y los moros ofrecían con fruición colafantaseeervesaverycoldbeermyfriend; en ocasiones también choooocolatemaríacoca. Cada tarde llegaba un momento en que dos de nosotros nos confabulábamos contra el otro para meterle presión para que se fuera hacia unas pavas y les dijera algo. El más arrojado de nosotros fue cierta tarde hacia unas italianas con éxito nulo. A la siguiente, el otro y yo nos acercamos a unas alemanas que, aunque sí que nos daban bola, no tardaron en decirnos que aquella misma noche se iban a Málaga o algo así, por lo que nuestros aviesos propósitos se vieron truncados. Ese mismo día, tras la decepción de las alemanas, el restante, el de las italianas, se acercó a otras dos con las que estuvo hablando su buena media hora; las golfas le pidieron el móvil y le dijeron que lo llamarían el viernes para ver si salíamos juntos. Como era de suponer, tal llamada nunca llegó.
Tras la playa, volvíamos, nos duchábamos, cenábamos y nos preparábamos para la noche. No tardamos en agenciarnos una botella por cabeza de alcohol. Llegados a este punto, tiramos la casa por la ventana: Absolut Vodka para el menda, whisky (bourbon) Four Roses para uno y ron Brugal para el otro. Tras la cena, cogíamos nuestras botellas, nuestros hielos y nuestras tazas-souvenir y nos poníamos a jugar al póker mientras dejábamos trabajar al hígado.
La primera noche fue sencillamente brutal. Caminando por La Rambla nos dieron invitaciones para un antro llamado Moog, y para allá fuimos. Nos pedimos un par de cervezones y empezamos la faena. Aunque la música era techno más que nada, nosotros perreábamos como nunca antes lo habíamos hecho. A mí se me acercó una golfa y empezó a darme conversación mientras se me rozaba por doquier. Aunque me perreaba a base de bien, la cosa no llegó a más, ya que la acompañaba un maricón que me dijo que tenía novio (ella). Como agradecimiento, le ilustré con aquella frase de “no folló el burro por guapo sino por pesado”, aunque yo ni por guapo ni por pesado.
Cuando lo di por perdido, subí a una pequeña plataforma de escasos centímetros de anchura a conejear un rato, donde conocí a una tal Francesca a la que le dije que “Io sonno Francisco” y di placer a todas las golfas que venían buscándolo, que no eran pocas. Aunque no pasó nada especial, aquella noche fue de las mejores noches discotequeras que recuerdo haber tenido.
Otra noche fuimos a un tal Fellini por recomendación de varias personas, aunque allí sólo encontramos material fálico en abundancia. Nos salimos y entramos en otro sitio mucho más relajado, donde entablamos conversación con tres francesas bien del montón —ergo accesibles— a las que llevamos de vuelta al Fellini para poder hacer lo que hay que hacer. Sin embargo, aquello no les gustó y se fueron al poco rato, como si tuvieran la esperanza de encontrar a otros tres apuestos caballeros. Noche perdida.
Entretanto, llegaron al hostal, a nuestra planta, cuatro italianas. Desde el primer momento las calamos. Llamarlas golfas es como decirle tontolculo a alguien que te está apuntando con una pistola. Eran el cénit, el apogeo del golfismo, un golfismo superlativo, un golfismo sin precedentes incluso para mí. No ya para preguntarles sin miedo si lo escupen o lo tragan, sino más bien para preguntarles si hacen gárgaras.
El primer encuentro que tuve con ellas fue en la cocina, al intentar salir de ella. Me disculpé en español y en italiano para que me abrieran paso, pero en vez de apartarse de la puerta se hicieron fuertes y hube de salir de allí rozándome con todas. Al entrar de nuevo, me las rocé a todas mientras me miraban satisfechas. A partir de aquel día, cada vez que me/nos veían, me/nos saludaban con unos cánticos de ciao, ciao, como si las sirenas y Ulises fuéramos. Pero, como ya he dicho, las teníamos catadas y desde el principio nos atamos al mástil.
Aun así, en una cena hablamos algo con ellas, en español los machos y en italiano las golfas, y les dijimos que todas las noches estábamos en la sala de estar bebiéndonos nuestros lotazos y jugando al póker para después salir por ahí. Como buenas golfas, nos dijeron que se pasarían por allí y que saldríamos juntos por ahí, cosa que, como ya supusimos, no ocurrió.
Finalmente se fueron los argentinos y entraron dos colombianos que liaban la de Cristo por las mañanas, o más bien al alba, como si estuvieran en sus casas. También vino un inglés al que nadie vio y que se fue al día siguiente, dejando su sitio a una lituana que llegó por la noche. Nosotros nos preparábamos para irnos por ahí, así que allí la dejamos. Sin embargo, nuestro plan se torció y volvimos para ponernos ropa más cómoda e irnos a otro sitio. Por el camino, debatimos brevemente sobre nuestra nueva compañera de habitación, y llegamos a la conclusión de que para viajar sola y alojarse sola en una habitación mixta hay que ser o bien muy golfa o bien muy inocente.
Llegamos, nos cambiamos delante de la chavala, que aún andaba despierta, y le propusimos que se viniera con nosotros, cosa que aceptó de buen grado. ¿Era muy golfa o muy inocente? La llevamos a Sunset, en el Maremagnum, y allí empezó otra muy buena noche. Sin embargo, el hecho de que aquella noche no bebiéramos y de que estuviera allí la pava con la que aquella noche tendríamos que dormir nos cortó algo y no pudimos perrear en condiciones a la ingente cantidad de guiris golfillas. Aquel sitio, el Sunset, era el paraíso de las discotecas: música buena y una proporción al 50% de buitres y golfas. Como casi todas eran guiris, iban bien sueltecitas y eran presas fáciles.
Como anécdotas, recuerdo a un peruano que iba ciego perdido, con greñas asquerosamente bañadas en sudor, como si hubiera salido de la ducha, que, cada vez que se cruzaba con una golfa, le metía un lametón en el cuello. También había un puretón de cincuenta años, calvo y con bigote, que era el amo de la pista y que perreaba con todas las que quería. Encima, las golfillas le seguían el rollo.
Decidimos que aquél era el sitio perfecto y que la noche siguiente, la última que estaríamos en Barcelona, iríamos allí del tirón, esta vez cargados de alcohol y sin trabas ni impedimentas.
Aquel día, el último, quedé con Nenillo y Fitti. Por deseo de mis amigos, fuimos a comer al McDonald’s para comprar Big Macs y comer chorreando el sudor sobacos abajo. Tras la comida nos dirigimos a un circuito de karts donde corrieron Nenillo, Fitti y otro amigo de Nenillo. Yo, por miedo a hacer el canelo de forma alarmante, me abstuve, aunque cuando los vi correr me arrepentí de no haberme metido. Me asombró el hecho de que Fitti no hiciera ningún trompo, se estrellara o volcara.
Por la noche, aunque no estaba claro, volvimos a quedar para perrear a lo grande en Sunset. Esta vez, no sólo nos acompañaba la lituana (que resultó ser más que nada muy inocente), sino también los dos colombianos, aunque teníamos la esperanza de que los tres se fueran a su bola y nos dejaran a nuestra bola. Sin embargo, Sunset no pudo ser, por lo que emprendimos un enorme periplo por La Rambla de garito en garito sin resultado alguno, hasta que ya, siendo más de las tres de la mañana, desistimos y nos fuimos cada uno a tomar por culo.
El día siguiente era el de regreso y puesto que nuestro avión salía a horas intempestivas tuvimos que pasar algunas horas en el aeropuerto. Allí nos sentamos al lado de dos buenas mozas —no por nada, sino por azar— a las que, minutos más tarde, empezó a buitrear un inglés gilipollas que traía tres latas de cerveza en la mano, las tres para él.
Las pavas resultaron ser austriacas, por lo que la conversación buitre-golfas era en inglés.
El muy gilipollas, sin ningún tipo de contemplación, empezó a contarles a las austriacas que no le gustaban los españoles porque “llevan unos zapatos muy gordos y cuando se los quitan sale toda la peste”, o que “somos muy vagos porque él pide una cerveza en un bar y tardan ‘dos horas’ en ponérsela”, entre otras lindezas.
Como le mirábamos raro de vez en cuando debió suponer que éramos españoles e intentó hacernos la prueba del algodón para ver si entendíamos inglés.
—Are you sleeping here tonight?
Yo, que soy muy cuco, me limité a poner cara de duda y a decir yes, yes, dando a entender que no sabía qué me estaba diciendo. Una vez que creyó comprobar que no le entendíamos, continuó soltando paridas sobre los españoles, hasta que les mostré con cara de psicópata un cuchillo que llevaba en la maleta a mis amigos, a lo que el inglés les dijo a las austriacas:
—… I think they understand
Y a partir de ahí se cortó. Otra anécdota más del aeropuerto fue que, en la cola para facturar, se nos acerca un pavo y nos pregunta:
—*no sé qué en catalán*
—¿Qué?
—*no sé qué en catalán*
—¿Qué?
—(con el inglés de las Alpujarras) Do you speak English?
—¿Qué?
—(un acompañante del pavo) No parlan…
—(el pavo) Ah, sois españoles…
Felicidades. Tras tres qué, el tipo se dio cuenta de que no hablábamos catalán y que tampoco éramos ingleses. Cuando se alejaron, hice un pequeño monólogo para mis amigos que resumo:
Hay que ser gilipollas para venir a un aeropuerto y empezar a hablar en catalán…
A lo que las tías que estaban detrás, que hasta entonces estaban hablando en castellano, empezaron a hablar en catalán. Para darles de tortas.

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