El viaje a Barcelona 1 de Agosto del 2007
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Golfas, Reflexiones, Viajes , comentarios cerradosAyer mismo volví de mi pequeño viaje de vacaciones a Barcelona. Como puntuación global, podría ponérsele un notable, en contraposición al muy deficiente del viaje del pasado verano a Londres. Quizás fue porque este año hubo más suerte, o quizás porque este año iba a tiros hechos, sabiendo lo que me iba a encontrar y lo que quería hacer.
Por llegar al hostal (Hostal Fernando, muy recomendado), tuvimos que esperar, a las 12 de la noche y sudando como chanchos, a que un capullo preguntara una vez tras otra lo mismo.
—¿Qué habitaciones tiene libres?
—Tengo no sé cuántas camas libres, pero tendrían que ser en habitaciones separadas.
—Pero yo quiero no sé qué…
—Pero sólo tengo estas camas libres en habitaciones separadas.
—¿Pero no puede ser en la misma habitación?etcétera de 10 minutos
El recepcionista, Santiago, un argentino con gran parecido a Quentin Tarantino del que nos hicimos medio coleguitas, nos miró compadeciéndose de nosotros y nos dijo “chicos, sha ven que han shegado en mal momento”, aunque el otro pavo parece que no se dio por aludido. Lo peor de todo es que después se fue por donde vino, una vez que se dio cuenta de que no podía meter a veinte personas en la misma habitación.
A la mañana siguiente ya tuvimos la primera pequeña anécdota. Nos despertamos y uno de mis dos acompañantes bajó a hacer alguna gestión. En los cinco minutos, el restante y yo hablamos brevemente con nuestros compañeros de habitación: un argentino y sus dos primas que, si bien no eran gran cosa, tampoco estaban mal. Volvió nuestro amigo:
—Illo, la sala de estar está llena de sudacas.
Aunque no fue más allá, ya que posteriormente se disculpó e incluso nos hicimos amigos de los argentinos; sin embargo, no llegamos a jugar al strip póquer como habíamos fabulado en un principio.
Aun sabiendo que íbamos a lo que íbamos, no era plan de abandonar Barcelona sin visitar ciertos lugares, así que un día decidimos ir de turismo. Por supuesto, el primer sitio fue la Sagrada Familia, aunque debido al escaso interés de mis compañeros y al precio que imponían los catalanes por entrar (que tiene huevos), sólo le dimos la vuelta por fuera y de vuelta al metro antes de que se pasara la hora y cuarto de transbordo.
Tras esto, tuvimos la horrible idea de ir a ver el Castillo de Montjuïc. Una vez que nos bajamos en el sitio más cerca en el que nos dejaba el metro, empezamos a subir interminables escaleras hasta la zona olímpica. Allí tuvimos la ya horribilísima idea de preguntarle a un par de capullos que aún deben estar partiéndose la polla a nuestra costa.
—¿El Castillo de Montjuïc?
—Cinco minutos hacia allá![]()
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Sus muertos cinco minutos. Anduvimos cinco minutos y no encontramos nada, diez, quince, veinte… pero, ya que estábamos allí, había que seguir. Para colmo de males, el calor era abrasador y éramos los más kíes del lugar, sin camiseta y blancos como pescadillas. Los vejetes que nos veían subir aquellas cuestas de dios se nos quedaban mirando atónitos. Media hora y más subiendo cuestas sin ver nada nos hacía pensar que el castillo debió haberse erosionado y que nadie se había dado cuenta, aunque sí que estaba allí. Llegamos tan reventados que entramos, nos compramos una botella de agua, dimos la vuelta al castillo y pa’bajo, aunque esta vez en autobús.
Y eso, amigos, fue el turismo que hicimos. También vimos accidentalmente el Colón, aunque ya digo que poca cosa. Sin embargo, lo interesante del viaje no eran los monumentos, ni siquiera las catalanas, sino las playuquis y la juerga nocturna.
Tres o cuatro tardes fuimos a la Barceloneta, donde las guiris se apiñaban para enseñar carne de la buena y los moros ofrecían con fruición colafantaseeervesaverycoldbeermyfriend; en ocasiones también choooocolatemaríacoca. Cada tarde llegaba un momento en que dos de nosotros nos confabulábamos contra el otro para meterle presión para que se fuera hacia unas pavas y les dijera algo. El más arrojado de nosotros fue cierta tarde hacia unas italianas con éxito nulo. A la siguiente, el otro y yo nos acercamos a unas alemanas que, aunque sí que nos daban bola, no tardaron en decirnos que aquella misma noche se iban a Málaga o algo así, por lo que nuestros aviesos propósitos se vieron truncados. Ese mismo día, tras la decepción de las alemanas, el restante, el de las italianas, se acercó a otras dos con las que estuvo hablando su buena media hora; las golfas le pidieron el móvil y le dijeron que lo llamarían el viernes para ver si salíamos juntos. Como era de suponer, tal llamada nunca llegó.
Tras la playa, volvíamos, nos duchábamos, cenábamos y nos preparábamos para la noche. No tardamos en agenciarnos una botella por cabeza de alcohol. Llegados a este punto, tiramos la casa por la ventana: Absolut Vodka para el menda, whisky (bourbon) Four Roses para uno y ron Brugal para el otro. Tras la cena, cogíamos nuestras botellas, nuestros hielos y nuestras tazas-souvenir y nos poníamos a jugar al póker mientras dejábamos trabajar al hígado.
La primera noche fue sencillamente brutal. Caminando por La Rambla nos dieron invitaciones para un antro llamado Moog, y para allá fuimos. Nos pedimos un par de cervezones y empezamos la faena. Aunque la música era techno más que nada, nosotros perreábamos como nunca antes lo habíamos hecho. A mí se me acercó una golfa y empezó a darme conversación mientras se me rozaba por doquier. Aunque me perreaba a base de bien, la cosa no llegó a más, ya que la acompañaba un maricón que me dijo que tenía novio (ella). Como agradecimiento, le ilustré con aquella frase de “no folló el burro por guapo sino por pesado”, aunque yo ni por guapo ni por pesado.
Cuando lo di por perdido, subí a una pequeña plataforma de escasos centímetros de anchura a conejear un rato, donde conocí a una tal Francesca a la que le dije que “Io sonno Francisco” y di placer a todas las golfas que venían buscándolo, que no eran pocas. Aunque no pasó nada especial, aquella noche fue de las mejores noches discotequeras que recuerdo haber tenido.
Otra noche fuimos a un tal Fellini por recomendación de varias personas, aunque allí sólo encontramos material fálico en abundancia. Nos salimos y entramos en otro sitio mucho más relajado, donde entablamos conversación con tres francesas bien del montón —ergo accesibles— a las que llevamos de vuelta al Fellini para poder hacer lo que hay que hacer. Sin embargo, aquello no les gustó y se fueron al poco rato, como si tuvieran la esperanza de encontrar a otros tres apuestos caballeros. Noche perdida.
Entretanto, llegaron al hostal, a nuestra planta, cuatro italianas. Desde el primer momento las calamos. Llamarlas golfas es como decirle tontolculo a alguien que te está apuntando con una pistola. Eran el cénit, el apogeo del golfismo, un golfismo superlativo, un golfismo sin precedentes incluso para mí. No ya para preguntarles sin miedo si lo escupen o lo tragan, sino más bien para preguntarles si hacen gárgaras.
El primer encuentro que tuve con ellas fue en la cocina, al intentar salir de ella. Me disculpé en español y en italiano para que me abrieran paso, pero en vez de apartarse de la puerta se hicieron fuertes y hube de salir de allí rozándome con todas. Al entrar de nuevo, me las rocé a todas mientras me miraban satisfechas. A partir de aquel día, cada vez que me/nos veían, me/nos saludaban con unos cánticos de ciao, ciao, como si las sirenas y Ulises fuéramos. Pero, como ya he dicho, las teníamos catadas y desde el principio nos atamos al mástil.
Aun así, en una cena hablamos algo con ellas, en español los machos y en italiano las golfas, y les dijimos que todas las noches estábamos en la sala de estar bebiéndonos nuestros lotazos y jugando al póker para después salir por ahí. Como buenas golfas, nos dijeron que se pasarían por allí y que saldríamos juntos por ahí, cosa que, como ya supusimos, no ocurrió.
Finalmente se fueron los argentinos y entraron dos colombianos que liaban la de Cristo por las mañanas, o más bien al alba, como si estuvieran en sus casas. También vino un inglés al que nadie vio y que se fue al día siguiente, dejando su sitio a una lituana que llegó por la noche. Nosotros nos preparábamos para irnos por ahí, así que allí la dejamos. Sin embargo, nuestro plan se torció y volvimos para ponernos ropa más cómoda e irnos a otro sitio. Por el camino, debatimos brevemente sobre nuestra nueva compañera de habitación, y llegamos a la conclusión de que para viajar sola y alojarse sola en una habitación mixta hay que ser o bien muy golfa o bien muy inocente.
Llegamos, nos cambiamos delante de la chavala, que aún andaba despierta, y le propusimos que se viniera con nosotros, cosa que aceptó de buen grado. ¿Era muy golfa o muy inocente? La llevamos a Sunset, en el Maremagnum, y allí empezó otra muy buena noche. Sin embargo, el hecho de que aquella noche no bebiéramos y de que estuviera allí la pava con la que aquella noche tendríamos que dormir nos cortó algo y no pudimos perrear en condiciones a la ingente cantidad de guiris golfillas. Aquel sitio, el Sunset, era el paraíso de las discotecas: música buena y una proporción al 50% de buitres y golfas. Como casi todas eran guiris, iban bien sueltecitas y eran presas fáciles.
Como anécdotas, recuerdo a un peruano que iba ciego perdido, con greñas asquerosamente bañadas en sudor, como si hubiera salido de la ducha, que, cada vez que se cruzaba con una golfa, le metía un lametón en el cuello. También había un puretón de cincuenta años, calvo y con bigote, que era el amo de la pista y que perreaba con todas las que quería. Encima, las golfillas le seguían el rollo.
Decidimos que aquél era el sitio perfecto y que la noche siguiente, la última que estaríamos en Barcelona, iríamos allí del tirón, esta vez cargados de alcohol y sin trabas ni impedimentas.
Aquel día, el último, quedé con Nenillo y Fitti. Por deseo de mis amigos, fuimos a comer al McDonald’s para comprar Big Macs y comer chorreando el sudor sobacos abajo. Tras la comida nos dirigimos a un circuito de karts donde corrieron Nenillo, Fitti y otro amigo de Nenillo. Yo, por miedo a hacer el canelo de forma alarmante, me abstuve, aunque cuando los vi correr me arrepentí de no haberme metido. Me asombró el hecho de que Fitti no hiciera ningún trompo, se estrellara o volcara.
Por la noche, aunque no estaba claro, volvimos a quedar para perrear a lo grande en Sunset. Esta vez, no sólo nos acompañaba la lituana (que resultó ser más que nada muy inocente), sino también los dos colombianos, aunque teníamos la esperanza de que los tres se fueran a su bola y nos dejaran a nuestra bola. Sin embargo, Sunset no pudo ser, por lo que emprendimos un enorme periplo por La Rambla de garito en garito sin resultado alguno, hasta que ya, siendo más de las tres de la mañana, desistimos y nos fuimos cada uno a tomar por culo.
El día siguiente era el de regreso y puesto que nuestro avión salía a horas intempestivas tuvimos que pasar algunas horas en el aeropuerto. Allí nos sentamos al lado de dos buenas mozas —no por nada, sino por azar— a las que, minutos más tarde, empezó a buitrear un inglés gilipollas que traía tres latas de cerveza en la mano, las tres para él.
Las pavas resultaron ser austriacas, por lo que la conversación buitre-golfas era en inglés.
El muy gilipollas, sin ningún tipo de contemplación, empezó a contarles a las austriacas que no le gustaban los españoles porque “llevan unos zapatos muy gordos y cuando se los quitan sale toda la peste”, o que “somos muy vagos porque él pide una cerveza en un bar y tardan ‘dos horas’ en ponérsela”, entre otras lindezas.
Como le mirábamos raro de vez en cuando debió suponer que éramos españoles e intentó hacernos la prueba del algodón para ver si entendíamos inglés.
—Are you sleeping here tonight?
Yo, que soy muy cuco, me limité a poner cara de duda y a decir yes, yes, dando a entender que no sabía qué me estaba diciendo. Una vez que creyó comprobar que no le entendíamos, continuó soltando paridas sobre los españoles, hasta que les mostré con cara de psicópata un cuchillo que llevaba en la maleta a mis amigos, a lo que el inglés les dijo a las austriacas:
—… I think they understand
Y a partir de ahí se cortó. Otra anécdota más del aeropuerto fue que, en la cola para facturar, se nos acerca un pavo y nos pregunta:
—*no sé qué en catalán*
—¿Qué?
—*no sé qué en catalán*
—¿Qué?
—(con el inglés de las Alpujarras) Do you speak English?
—¿Qué?
—(un acompañante del pavo) No parlan…
—(el pavo) Ah, sois españoles…
Felicidades. Tras tres qué, el tipo se dio cuenta de que no hablábamos catalán y que tampoco éramos ingleses. Cuando se alejaron, hice un pequeño monólogo para mis amigos que resumo:
Hay que ser gilipollas para venir a un aeropuerto y empezar a hablar en catalán…
A lo que las tías que estaban detrás, que hasta entonces estaban hablando en castellano, empezaron a hablar en catalán. Para darles de tortas.
Pasa una noche gratis en un hotel a cambio de contar tu experiencia en tu blog 18 de Mayo del 2007
Escrito por SodLogan en: Internet, Viajes , comentarios cerradosHotels and Blogs es una curiosa iniciativa por la cual se te ofrece una o más noches de alojamiento gratis en un hotel a cambio, simplemente, de contar tu experiencia en el blog. De momento sólo hay un hotel inscrito en la iniciativa, pero es de esperar que se vayan apuntando más.
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1.- Tener un blog
2.- Escribir un comentario sobre Hotels&Blogs en tu blog
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El viaje a Grecia 28 de Febrero del 2007
Escrito por SodLogan en: Estudios, Reflexiones, Viajes , comentarios cerradosEdito: Como la columna sin fotos perdía sustancia, me he apresurado a recuperarlas y a poner algunas, además de un vídeo que no tiene desperdicio. Si alguno de los que sale en las fotos visitare el blog y no quiere que salga, pese a la censura, favor de avisar.
Perplejo, me doy cuenta de que nunca he narrado las crónicas del viaje a Grecia que hice en primero de bachillerato, un año antes del de Roma. Si el de Italia estuvo bien, el de Grecia, más concretamente Atenas y alrededores, estuvo genial. Quizás no tanto en lo cultural, ya que casi todo había de ser contemplado tras un cristal o se encontraba lleno de andamios y/o expoliado, pero lo que fue lo social fue increíble.

No es lo que parece. Cartel de una tienda de gyros, esquisitez griega.
Por supuesto, vimos el Partenón —o lo que quedaba de él— y un montón de museos, templos e incluso el nuevo monumento a Leónidas y sus espartanos, cerca de las Termópilas. Sin embargo, ya digo que era la gran mayoría demasiado artificial y que lo más provechoso del viaje fue, con mucho, las noches en el hotel.

Tras una jornada agotadora de impregnarnos de mundo heleno, volvíamos al hotel por la tarde-noche rendidos, casi sin aliento, aunque esto no era problema para personas jóvenes y con ganas de marcha como nosotros. Tras un breve descanso, salíamos del hotel, ocultos en la oscuridad ateniense, a procurarnos botellas de alcohol, hielo y refrescos. Uno de los más importantes descubrimientos fue el Ouzo, causa y consecuencia de variados juegos en el que, ganaras o perdieras, te tocaba beber un chupitazo.

Tras una ronda de juegos “te toca beber”. No soy yo.
Esto, por supuesto, nos estaba prohibido por los profesores, lo que causaba constantes rondas de docentes yendo y viniendo por las habitaciones, sobre todo tras haber destruido varias camas. Como pasara un año más tarde en Roma, la gente tendía a apiñarse en una sola habitación, que se convertía en un pequeño botellódromo de diez metros cuadrados, con gente bebiendo cubatas, vino dulce de origen desconocido y, por supuesto, Ouzo.

El preciado Ouzo.
En tales situaciones, la gente se ponía a desvariar y a meter gritos, lo que causaba las rondas de los profes, a las que temíamos como Mike Scofield a un coche de policía. Realmente, resultaba cómico que llamaran a la puerta y, vaso en mano, con el Ouzo resbalándote por la barbilla, la abrieras y descubrieras al profe de griego en pijama de cuadritos, que venía a echar una buena bronca y a disolver a las masas. Cuando nos percatamos de esto, empezamos a reunirnos en habitaciones de la planta baja, por lo que, cuando preveíamos peligro, saltábamos en masa por la ventana para escapar a la bronca. A uno de los pobres propietarios de la habitación le tocaba entonces ir a abrir la puerta, hacerse el recién despertado y decirle que estaban durmiendo, que allí no estaba pasando nada, aunque la habitación estuviera clínicamente esterilizada por el alcohol.

Bebiendo por los pasillos.
Una vez embriagados, se nos ocurría de todo para seguir pasando la noche. Algunos realizaban cosas que, a día de hoy, siguen siendo un misterio, pues al parecer se despertaban en los sofás de la recepción, en medio de la moqueta del pasillo o en la bañera. Entre todo lo que hacíamos, cabe hacer especial mención a las bromas telefónicas de habitación a habitación:
—Hola, soy del FBI. ¿Está ahí el señor Mateo?
—Sí, soy yo.
—Estupendo. Le llamo porque hemos encontrado irregularidades en sus documentos, por lo que va a tener que abandonar el país antes de 24 horas *cuelga*
Puede que así no haga gracia, pero puedo asegurar que, tras unas rondas de chupitos, era descojonante. Otra broma, hecha por mí, fue la siguiente:
—(Con acento “argentino” y llamando, supuestamente, a la habitación de al lado) Hola, soy el recepcionista. Me están llegando muchas quejas de los clientes, así que dejen de beber alcohol y de formar ruido o tendré que llamar a la policía para desalojar la habitación de inmediato.
—Pero si no estamos haciendo nada…
—Eso dígaselo a los demás usuarios. O paran ahora mismo o los echo del hotel en el acto.
—(Casi llorando) Pero…
*cuelgo*
Al día siguiente, me enteré de que no llamé a la habitación de al lado, sino a una en la que estaban unos de segundo de bachillerato. Casualmente, estaba yo comentando la jugada con los demás cuando, de repente, me viene una pava de segundo de bachillerato preguntándome, entre curiosa, cabreada y riéndose, que si fui yo el cabrón que llamó, que se cagó encima. Todo quedó al final en unas cuantas carcajadas.
No hace falta decir que adolescentes de entre 16 y 19 años, mucho alcohol y camas de un hotel en un país extranjero son mezclas fatales, o geniales, según se mire. Tanto era así que el profe de griego, nuevamente, nos hubo de advertir:
Ya sois mayorcitos, pero a ver si vamos a haber entrado 35 en Grecia y vayamos a salir 36…
No era para menos, ya que en las habitaciones se formaban auténticas orgías, aunque no hasta el punto que piensan, ya que, una vez que penetraciones y felaciones eran inminentes, los participantes se iban a otra habitación.

Momento preliminar, esperando a que llegue el alcohol. Yo, abajo a la izquierda.
Una buena noche como otra cualquiera, hubo de sentarme algo mal, por lo que me fui a una habitación, solo, a tumbarme tranquilamente en una habitación a reponerme. Como yo ya estaba versado en los artes de los siegotes malos, me tumbé en una cama, boca abajo, y me puse a respirar rítmicamente para recuperar el sentido, que casi me había abandonado, y burlar el coma. Adivinen qué pasó.
La pava a la que le hice la broma llegó segundos después, llorando desconsoladamente, y se tumbó en la cama, a mi lado. No puedo asegurarlo, pero creo que, mientras yo me debatía entre la vida y la muerte, ella se puso a contarme sus penurias, ya que, creo, el tío que le molaba a ella se había ido con otra a jincársela. Yo, por no hacerle un feo a la chavala y para hacerle creer que la estaba escuchando, le cogí la mano, aún tumbado boca abajo, y se la apretaba de vez en cuando a modo de consuelo. Lo próximo que recuerdo es que me desperté en aquella misma cama, aunque solo y con las sábanas en un razonable estado de planchado y disposición hotelera. Ya lo llevo diciendo durante años: esto del fornicio no está pa mí.
Y, en general, así discurrió la semana en Grecia: nos levantábamos bien temprano, nos pasábamos 10 horas visitando la ciudad y, cuando llegábamos, nos poníamos a festejar una noche más que sobrevivimos al maratoniano día. Eso sí: volvimos a España con los gemelos y el hígado de acero.

Bebiendo buena cerveza griega Mythos. No soy el de la foto.
Genial vídeo del último día. Cena en un restaurante, unas copichuelas de más y unos anfitriones que querían ver el “arte español”. El profesor de griego se marca un dansin. Atención a las carcajadas del fondo.
Los músicos: esos grandes incomprendidos 30 de Septiembre del 2006
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Estudios, Música, Protestas, Viajes , comentarios cerradosAl salir de la ducha ayer, mientras secaba mi inmaculado cuerpo, me fijé en un “pequeño” (5 cm) arañazo que tenía en el hombro. Quién sabe cómo llegó ahí. La cosa es que no he podido evitar acordarme de lo que pasó en Londres cuando fui a la “oficina” de Global-Gap (recuerden: evítenla como a la peste negra) a recoger la traducción de mi yermo currículum vítae.
Por si, como ya digo, estaba vacío cuando lo envié, más vacío estaba cuando lo recogí traducido, a lo que alegué:
—Eh… yo había puesto algo de un título de música…
—Sí, pero es que eso no vale para nada
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Yo estuve a punto de saltar y estrangular a la maldita gorda autoflageladora (madre mía, cómo tenía los brazos). Y encima fea. Ya me habría gustado a mí verte estudiar 10 años para que después una gorda repugnante con acequias en los brazos te diga que no vale para nada.
Operación salida 31 de Julio del 2006
Escrito por SodLogan en: Casposidad, Reflexiones, Televisión, Viajes , comentarios cerradosComo cada verano, los informativos nos asaltan con masivas informaciones sobre la llamada Operación salida: que si la DGT, que si el año pasado murieron no sé cuántas personas en la carretera, que si la falta de atención y de sueño del piloto, etc. Asimismo, la DGT también se gasta sus pelas en más o menos ingeniosos anuncios para concienciarnos de que es malo correr en las autopistas, de que no debemos conducir si tenemos sueño o si hemos bebido “aunque hayan sido dos cervezas”. Pero, aún así, la gente sale para no volver.
A mí me gustó mucho el anuncio de la DGT para la Semana Santa pasada:
— ¿Cree usted que va a morir en la carretera?
— Pero… ¿qué pregunta es ésta? Pues no, claro que no.
Por alguna razón, la gente, al día siguiente (si no el mismo) de que le den las vacaciones, tiene que abandonar su casa y ciudad, coger el coche e irse a cualquier otro lugar, aunque estén peor que en sus casas. Pero, obviamente, no pueden llegar de las vacaciones y pasar el mal trago.
— Jojo, pues yo me he ido a Cuba en vacaciones, ¿y tú?
— Yo me he quedado en casa.
Es algo impensable.
¿Qué nos mueve a comportarnos de esta manera? ¿Necesitamos “irnos de vacaciones” para pasarlas bien? ¿Tenemos que apretarnos el cinturón durante todo el año para poder dilapidarlo todo en unas semanas? ¿Por qué está mal visto y nos da vergüenza afirmar que “estas vacaciones me quedo en casa”?
London: Mission aborted 23 de Julio del 2006
Escrito por SodLogan en: Reflexiones, Viajes , comentarios cerradosAunque ya hace unos días que volví prematuramente de mi viaje a Londres, no ha sido hasta hoy cuando me ha dado por relatar la crónica de tan infausto periplo.
La verdad es que es muy curiosa la creencia (en parte bastante lógica) de que si vas a Londres, te vas a hartar de aprender inglés. Nada más lejos de la realidad, darlings. Londres es como cuando vas a un bar typical Spanish, donde hay de todos menos españoles; pues lo mismo: en Londres hay de todo menos ingleses. Vas paseándote por la calle y te hartas de ver negros, chinos, paquistaníes y otra clase de moros, todos ellos ortodoxísimos con sus turbantes y tal, y extrañas mezclas de, por ejemplo, chino con negro, moro con inglés rosita, etc.
Pero a lo que íbamos. Mi plan era irme a Londres y estar allí hasta finales de agosto. Tenía tres objetivos principales: mejorar mi inglés, trabajar allí para costearme la estancia y, como no, y ya que estábamos, follar. La cosa es que me he vuelto con un fracaso estrepitoso, ya que no he conseguido ninguno de los tres; si acaso mejorar algo mi inglés: ya sé cómo se dice tenga cuidado con el agujero que hay entre el tren y la plataforma. Y es que, por alguna razón, me pasaba todo el día montado en el metro, vigilando a tantos moros como veía, no fueran a inmolarse los jodíos.

El asunto del trabajo, en principio, estaba solucionado de antemano, pues contratamos los servicios de Global-Gap (busquen en google), que, supuestamente, nos ayudarían en tan ardua tarea. Yo aviso: si alguna vez piensan ir a Londres en este plan, no contraten sus “servicios”.Y es que la cosa del trabajo estaba muy chunga. Allí, si quieres un trabajo decente (es decir, en un chino), debes tener cinco años de experiencia en un puesto similar en Londres, que no vale la de España.No obstante, tuve ocasión de aprender algunas cosas curiosas. Aunque es conocida por todo el mundo, la educación de los ingleses (los verdaderos) me sorprendió una vez que pisé a un pavo y me suelta excuse me. Eso, sorry y thank you son las palabras más usadas allí.
Acostumbrado a ver los estercoleros que tenemos aquí por calles, me sorprendió también el hecho de que allí raro era el papel que pululaba por el suelo, muy a pesar de la pasmosa escasez de papeleras. Incluso yo, que siempre he sido muy limpio, más de una vez estuve tentado de tirar algo al suelo por llevarlo paseando más de un kilómetro sin encontrar una jodida papelera.
Además, allí no fumaba ni dios. Si acaso, tabaco de liar. Y más de lo mismo con el alcohol, que costaba una burrada. Allí, beberse una cervecita es un privilegio.
Así fue la cosa. Ahora a ver si empezamos a estudiar para septiembre. Mañana más.



